¿Qué dijeron los mexicanos a su iglesia? 3 y 4 - Mons Felipe Arizmendi Esquivel

¿Qué dijeron los mexicanos a su iglesia? 3 y 4 - Mons Felipe Arizmendi Esquivel

 

¿Qué dijeron los mexicanos a su Iglesia? (3)

Mirar

Durante el año que está por terminar, en todo el mundo se hicieron consultas a los católicos y a otras personas sobre cómo perciben el caminar de la Iglesia y que sugieren para mejorar nuestra misión pastoral. De cada país, se hizo una síntesis y se envió a Roma, en orden al Sínodo de los Obispos. Los mexicanos nos dijeron cómo ven nuestras celebraciones y cómo mejorarlas:

“En la vida sacramental de la comunidad, la Eucaristía, con su enorme valor mistagógico, sigue siendo la celebración por antonomasia; pero se percibe, a la par, una pérdida de valoración de ella entre la misma feligresía, quizás debida en parte al hecho que durante la pandemia las celebraciones fueron virtuales (on line), y de entonces a la fecha se valora la presencialidad comunitaria como no esencial para la celebración.

Para la celebración, sin duda han servido mucho las insustituibles catequesis presacramentales, pero reconocemos que requieren actualización en su pedagogía, contenido teológico, litúrgico y misional. No obstante, se ve que la formación litúrgica y celebrativa tiene claroscuros: por un lado, la rutina, por otro, el hecho de que los grupos de niños en el servicio del altar (los monaguillos) se ha complicado por escasez; también el que ha disminuido drásticamente la música sacra y la animación musical en las celebraciones, mismas que terminan siendo tristes. Sin embargo, se reconoce también que ha crecido el número de grupos litúrgicos parroquiales, preparados y serviciales.

No obstante, vemos la urgencia de revitalizar nuestras celebraciones litúrgicas, sobre todo la Eucaristía, para lo cual tendremos que revisar aspectos como los gestos, el lenguaje y los símbolos propios, la música y el canto litúrgico, es decir, los medios para que la grandeza del misterio que ahí se verifica sea percibida y valorada por la feligresía, sobre todo al momento de dirigirnos a las nuevas generaciones.

Se constata el papel imprescindible de los sacerdotes en la vivencia y celebración de la fe, singularmente en los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación, así como en la animación y edificación de la comunidad; pero se advierte la necesidad de cualificar las homilías de los sacerdotes, a fin de que sean de mayor profundidad y significativas para la vida, con mayor pertinencia al conectar la Palabra con la realidad y con la historia, de forma que se aproveche la oportunidad de hacer que la Palabra de Dios sea luz en el camino del Pueblo.

Así mismo, se percibe que nos faltan criterios claros y amplios, sin legalismos ni burocracias, para permitir y favorecer al Pueblo de Dios la experiencia de ‘los sacramentos de iniciación’ a la vida cristiana. Sin esto, repitiendo lo que ya hacemos y apegados a formulismos, esta experiencia se reduce en número con graves consecuencias para la propagación de la fe y el crecimiento del Pueblo de Dios.

Reconocemos, también, que las fiestas patronales en las diócesis cuentan mucho, que los sacramentales tienen una valoración superlativa en muchas comunidades y que ciertamente se les aprovecha propedéuticamente. En todos ellos la centralidad de la Palabra de Dios se percibe como alimento, luz y fuerza. Pero, ciertamente, no es suficiente lo logrado a la fecha. Hay que trabajar más al respecto”.

Discernir

El Papa Francisco, en su Carta Apostólica Desiderio desideravi, sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios (29-VI-2022)dice:

Debemos al Concilio el redescubrimiento de la comprensión teológica de la Liturgia y de su importancia en la vida de la Iglesia: los principios generales enunciados por la Constitución ‘Sacrosanctum Concilium, así como fueron fundamentales para la reforma, continúan siéndolo para la promoción de la participación plena, consciente, activa y fructuosa en la celebración, ‘fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano’. Con esta carta quisiera simplemente invitar a toda la Iglesia a redescubrir, custodiar y vivir la verdad y la fuerza de la celebración cristiana. Quisiera que la belleza de la celebración cristiana y de sus necesarias consecuencias en la vida de la Iglesia no se vieran desfiguradas por una comprensión superficial y reductiva de su valor o, peor aún, por su instrumentalización al servicio de alguna visión ideológica, sea cual sea” (16).

“Se nos pide redescubrir cada día la belleza de la verdad de la celebración cristiana: la Liturgia es el sacerdocio de Cristo revelado y entregado a nosotros en su Pascua, presente y activo hoy a través de los signos sensibles (agua, aceite, pan, vino, gestos, palabras) para que el Espíritu, sumergiéndonos en el misterio pascual, transforme toda nuestra vida, conformándonos cada vez más con Cristo (21).

El redescubrimiento continuo de la belleza de la Liturgia no es la búsqueda de un esteticismo ritual, que se complace sólo en el cuidado de la formalidad exterior de un rito, o se satisface con una escrupulosa observancia de las rúbricas. Evidentemente, esta afirmación no pretende avalar, de ningún modo, la actitud contraria que confunde lo sencillo con una dejadez banal, lo esencial con la superficialidad ignorante, lo concreto de la acción ritual con un funcionalismo práctico exagerado” (22).

Seamos claros: hay que cuidar todos los aspectos de la celebración (espacio, tiempo, gestos, palabras, objetos, vestiduras, cantos, música, …) y observar todas las rúbricas Pero, incluso si la calidad y la norma de la acción celebrativa estuvieran garantizadas, esto no sería suficiente para que nuestra participación fuera plena (23).

Es necesario que todo creyente crezca en el conocimiento del sentido teológico de la Liturgia, así como en el desarrollo de la celebración cristiana, adquiriendo la capacidad de comprender los textos eucológicos, los dinamismos rituales y su valor antropológico” (35).

Si bien es cierto que el arte de celebrar concierne a toda la asamblea que celebra, no es menos cierto que los ministros ordenados deben cuidarlo especialmente. Su forma de vivir la celebración está condicionada – para bien, y desgraciadamente también para mal – por la forma en que su párroco preside la asamblea. Podríamos decir que existen diferentes “modelos” de presidencia. He aquí una posible lista de actitudes que, aunque opuestas, caracterizan a la presidencia de forma ciertamente inadecuada: rigidez austera o creatividad exagerada; misticismo espiritualizador o funcionalismo práctico; prisa precipitada o lentitud acentuada; descuido desaliñado o refinamiento excesivo; afabilidad sobreabundante o impasibilidad hierática. A pesar de la amplitud de este abanico, creo que la inadecuación de estos modelos tiene una raíz común: un exagerado personalismo en el estilo celebrativo que, en ocasiones, expresa una mal disimulada manía de protagonismo. Esto suele ser más evidente cuando nuestras celebraciones se difunden en red, cosa que no siempre es oportuna y sobre la que deberíamos reflexionar. Eso sí, no son estas las actitudes más extendidas, pero las asambleas son objeto de ese “maltrato” frecuentemente (54).

Actuar

Pidamos a nuestros párrocos que, en la forma que, de acuerdo con su Consejo Parroquial, consideren oportuna, ofrezcan medios para crecer en la formación litúrgica de la comunidad. Y los agentes de pastoral seamos creativos y dinámicos para promover esta formación.

¿Qué dijeron los mexicanos a su Iglesia? (4)

Mirar

Sigo compartiendo con ustedes lo que, según la síntesis elaborada por la Secretaría General del Episcopado Mexicano, dijeron los miles de personas consultadas en todas las diócesis del país, en casi todas las parroquias y en muchas otras instancias tanto eclesiales como de otros ámbitos, sobre cómo perciben a nuestra Iglesia y qué nos proponen. Sobre el rubro “Caminar juntos en el diálogo en la Iglesia y en la Sociedad”, dijeron:

“Destaca el hecho que la sociedad, en general, sigue confiando en la Iglesia. Pero el diálogo al interno de la Iglesia y con la sociedad es una asignatura pendiente en muchas comunidades, pues lo tienen de forma esporádica o episódica, sin continuidad ni seguimiento y, al final, parece que se realiza desde una cierta indisposición, indiferencia y falta de sinceridad. Este diálogo, así, es sólo forma, protocolo sin espíritu, es sólo cumplimiento de un requisito que nos desgasta y no lleva a ninguna parte.

Reconocemos que, en general, en la Iglesia usamos deficientemente las nuevas tecnologías de comunicación para el diálogo ‘ad extra’ o para participar en el debate público. Las usamos más para informar y no para verdaderamente dialogar. Y es que, en el fondo, no nos hemos formado para ser abiertos y dialogantes con el mundo. Algunas costumbres preconciliares autoritarias, todavía hoy presentes, pesan mucho y hemos pasado por alto que la Iglesia tiene mucho que aprender también del mundo. Sin este aprendizaje, somos neófitos en muchas materias de la actual vida social y cultural que nos rebasan y nos dejan sin oportunidad de participar.

Se aprecia que el diálogo social a nivel nacional se ha complicado debido al clima de polarización política que ha provocado la comunicación gubernamental en los últimos años. Esta realidad no se ha percibido por todas las comunidades que, en muchos casos, también se han dividido y confrontado por opciones de política partidista. Pero se siente el llamado a la Iglesia, y cada vez más, para ser puente, convocatoria permanente al diálogo propositivo, y a participar de él incluso con los actores sociales relevantes, sin temor a perder identidad o terminar siendo manipulados.

También reconocemos que nos ha faltado apertura, humildad, confianza, cercanía, atención, calidez y, en una palabra, ‘espiritualidad para el diálogo’, pues no se trata sólo de una técnica o procedimiento, sino de una forma de ser y actuar. Definitivamente, este ejercicio del Sínodo nos ha indicado que, como Iglesia, tenemos que mirar, acoger y acompañar a cada persona y grupo en su situación concreta, no en abstracto.

Ante las múltiples realidades de pobreza, sufrimiento y fracaso en que viven nuestros pueblos, reconocemos que hemos caminado también con temor y desaliento, como los discípulos de Emaús; es decir, que nos ha faltado fuerza en la acción, misma que nos da nuestro encuentro con Cristo Resucitado para acompañar a nuestro pueblo con esperanza y alegría, con mucha más confianza y también osadía”.

Discernir

El Papa Francisco, en un mensaje al Foro Internacional de la Acción Católica, el 27 de noviembre pasado, dijo:

 Como Iglesia, estamos transitando un tiempo en el cual necesitamos que el espíritu sinodal se vaya arraigando en nuestro modo de ser Iglesia; esto significa el ejercicio de caminar juntos en la misma dirección. Estoy convencido de que es lo que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio. Que retome la conciencia que es un pueblo en camino y que debe hacerlo junto. Con espíritu sinodal necesitamos aprender a escucharnos, reaprender el arte del hablar con el otro sin barreras ni prejuicios, incluso, y de un modo particular, con quienes están fuera, en el margen, para buscar la cercanía, que es el estilo de Dios.

 En este contexto, exhorto a ser hombres y mujeres de la escucha. Anhelo que no sean dirigentes de escritorio, de papeles o de Zoom, y que no caigan en la tentación del estructuralismo institucional que planifica y organiza desde estatutos, reglamentos y propuestas heredadas, que fueron buenas y útiles en su momento, pero que quizás hoy no sean significativas. Por favor, les pido que escuchen.

Primero: escuchen a los hombres, mujeres, ancianos, jóvenes y niños concretos, en sus realidades, en sus gritos silenciosos expresados en sus miradas y en sus clamores profundos. Tengan el oído atento para no dar respuestas a preguntas que nadie se hace, ni decir palabras que a nadie le interesa escuchar ni sirven. Escuchen con oídos abiertos a la novedad y con un corazón samaritano.

 Segundo: escuchen los latidos de los signos de los tiempos. La Iglesia no puede estar al margen de la historia, enredada en sus propios asuntos, manteniendo inflada su burbuja. La Iglesia está llamada a escuchar y ver los signos de los tiempos, para hacer, de la historia con sus complejidades y contradicciones, historia de salvación. Necesitamos ser una Iglesia vitalmente profética, desde los signos y los gestos, que muestren que existe otra posibilidad de convivencia, de relaciones humanas, de trabajo, de amor, de poder y servicio.

 Y, por último, para que esto sea posible, necesitamos escuchar la voz del Espíritu. En cada época, el Espíritu nos abre a su novedad; siempre enseña a la Iglesia la necesidad vital de salir, la exigencia fisiológica de anunciar, de no quedarse encerrada en sí misma. Mientras que el espíritu mundano nos presiona para que sólo nos concentremos en nuestros problemas e intereses, en la necesidad de ser relevantes, en la defensa tenaz de nuestras pertenencias y de grupo, el Espíritu nos libra de obsesionarnos con las urgencias y nos invita a recorrer caminos antiguos y siempre nuevos: los del testimonio, la pobreza y la misión, para liberarnos de nosotros mismos y enviarnos al mundo.

 Quizás sientan que la propuesta de escuchar es poco; sin embargo, no es escucha pasiva; es la escucha activa que nos marca el ritmo de trabajo; es la inhalación necesaria para ser una Iglesia que respira misioneramente. Así lo hizo la Santísima Virgen, porque escuchó, se puso de pie y caminó para ir a servir. Rezo para que puedan hacer de este período un tiempo de gracia, con la audacia de saber escuchar, la serenidad para poder discernir y el coraje para anunciar con la vida y desde la vida.

Actuar

Tú eres miembro vivo de la Iglesia. Si tienes una propuesta, una inquietud, una queja, habla con tu párroco, con tu obispo, y exponle confiada y libremente lo que está en tu corazón. Hazlo con respeto, con espíritu fraterno, pero también con audacia. Y si no eres parte de nuestra Iglesia, ayúdanos a purificarnos, para dar un mejor servicio a la comunidad. Entonces habrá Navidad eclesial, no sólo de oropel y esferitas de color, sino de amor, cercanía, atención a los demás, en particular a quienes más sufren. Oremos por una Navidad plena y en paz.

Categorías: Sermon

PONENTE: Pastoral de la Comunicación