LA TEOLOGÍA DE LA MANZANA
El 15 de agosto, en varias iglesias de nuestra diócesis se bendicen manzanas. De una simple fruta, un mensaje: la puerta del paraíso está abierta de nuevo.
El 15 de agosto, en varias parroquias de nuestra diócesis, la Virgen dormida descansa rodeada de manzanas. La costumbre existe también en otros lugares de México. En Zacatlán, Puebla, ese día se bendice la cosecha durante la fiesta de la Virgen de la Asunción. Y la he visto en Oaxaca, en Santa María del Tule: también allí la Virgen dormida reposa entre manzanas adornadas con flores.

Quien reciba una de esas manzanas tendrá en las manos una pequeña catequesis. Estas líneas sólo quieren ayudar a leerla.
Y eso que la manzana llega con la peor fama del mundo. Todos «sabemos» que una manzana nos costó el paraíso. La vimos en cuadros, catecismos y películas.
Pero la Biblia nunca lo dice. El Génesis habla solamente del «fruto del árbol», sin indicar su nombre ni su especie (Gn 3,2-3). La manzana apareció siglos después, favorecida por un juego de palabras del latín: malum podía significar «manzana» y también «mal». Predicadores y artistas hicieron el resto, y el fruto anónimo del Edén recibió nombre, color y sabor.
La manzana es fruto de nuestra imaginación; la puerta cerrada, en cambio, está en la Biblia.
El Génesis termina la historia del paraíso con unos querubines y una espada de fuego que cierran el camino hacia el árbol de la vida (Gn 3,24). La caída no termina con una fruta mordida, sino con una puerta cerrada.
Eso fue lo que perdimos. No un alimento: una casa.
¿Y qué celebramos el 15 de agosto? Un canto de la Misa proclama: «María ha sido llevada al cielo: se alegran los ángeles». Otro antiguo versículo explica qué ha sucedido con aquella puerta: «La puerta del paraíso, cerrada para todos por Eva, ha sido abierta de nuevo por la Virgen María».
En el Edén, un ángel cierra el paso; en la Asunción, los ángeles se alegran porque María ha pasado. Ella, una de nosotros, está ya con Dios en cuerpo y alma. Y lo que Dios ha realizado en María nos muestra lo que desea también para nosotros.
Donde el Génesis puso un centinela, el 15 de agosto pone ángeles en fiesta.
La Biblia ofrece además una segunda escena de la manzana. En el Cantar de los Cantares, la esposa dice de su amado: «Como manzano entre los árboles del bosque es mi amado: su fruto es dulce a mi paladar» (Cant 2,3). Desde hace siglos, la Iglesia reconoce en el Amado a Cristo y en la esposa a María y a la misma Iglesia. El fruto ya no envenena la vida: la alimenta.
Más adelante, el canto pregunta: «¿Quién es ésta que sube del desierto, apoyada en su amado?» (Cant 8,5). María sube, pero no sola: se apoya en Cristo resucitado. Y después se escucha una palabra llena de esperanza: «Debajo del manzano te desperté».
Por eso la Virgen dormida entre manzanas no es solamente una imagen bonita. Nos recuerda que tampoco nosotros atravesamos solos los desiertos de la vida: Cristo nos sostiene y viene a despertarnos.
Eso es quizá lo que viven quienes rodean en Santa María del Tule a la Virgen dormida con manzanas y flores entre las manos. Pero no sucede solamente bajo la sombra del gran árbol de Oaxaca. En cada templo o capillita de nuestra diócesis donde esta tradición se vive con fe, la fiesta puede convertirse en un lugar de despertar.
Cuando un signo se vive con fe, algo sucede: en medio de los cansancios de cada día, algo de la Pascua despierta en nosotros.

Manzanas y flores: saborear y respirar por anticipado el paraíso.
Ahora podemos comprender el gesto. La manzana no se bendice para convertirla en un amuleto ni en una garantía para la cosecha. Se bendice para recordar que el fruto que nuestra imaginación había cargado de culpa puede convertirse en señal del paraíso abierto.
Es una teología que cabe en la mano: el primer fruto fue arrebatado; éste se recibe.
También lo explica el nombre de la fiesta. No celebramos una subida conquistada por María, sino su Asunción: Dios la tomó consigo. María no subió por asalto; fue llevada.
Pero recibir no significa permanecer inmóviles. Después de recibir esa manzana, podemos sostenerla con valor. Sostenerla con fe es atrevernos a tomar nuestra propia vida entre las manos, también aquello que duele, pesa o nos tienta. No significa llamar bueno al mal. Significa creer que, desde la Pascua de Cristo, el mal ya no tiene la última palabra. Hasta una tentación puede convertirse en ocasión de escoger nuevamente el bien, levantarnos y ser mejores que antes.
Después, la manzana pasa de mano en mano. En el Génesis, el fruto terminó en acusación y con la casa perdida. En nuestras comunidades, la manzana recibida congrega a las familias y a la parroquia. Compartir el mismo don es comenzar a habitar nuevamente la casa: es hacernos Iglesia.
La exhortación Evangelii gaudium recuerda que las expresiones de la piedad popular, «para quien sabe leerlas», son un «lugar teológico» (n. 126). Es decir: Dios también nos enseña por medio de los signos sencillos que su pueblo celebra y comparte.
Quien reciba esa manzana, que se la coma sin miedo y con gratitud: sabe a puerta abierta. Y que sonría al primer bocado. La teología de los libros se aprende, pero no se come. Ésta, al menos, se puede comer.
Autor: Pbro. Claudio Campesato
FUENTES Y REFERENCIAS
Graduale Triplex, p. 592: ofertorio Assumpta est Maria; Offertoriale Triplex, p. 167: versículo Paradisi porta per Evam (CAO 4214).
Gn 3,2-3.6-7.24; Cant 2,3; 8,5.
Francisco, exhortación apostólica Evangelii gaudium (2013), nn. 122-126, especialmente n. 126.
Crónicas contemporáneas sobre la bendición de la manzana en Zacatlán, Puebla; Memórica, «La fiesta de Santa María de la Asunción en El Tule»; observación directa del autor en Santa María del Tule, Oaxaca.
AGREGADO POR: Angelica María
