ANTE LA IA, ALIANZA EDUCATIVA
+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo Emérito de SCLC
HECHOS
La Presidenta de nuestro país ha promovido una consulta pública para enviar al Congreso Federal una iniciativa de ley, con el fin de legislar sobre el uso del celular por los menores de edad, porque se ha comprobado que les afecta negativamente, los hace torpes para pensar y decidir por sí mismos, los hace depender de una máquina, les estorba para concentrarse, etc. Una legislación semejante se aplicaría sobre todo en las escuelas y en cierto control sobre algunas aplicaciones, que manejan a las personas y no siempre en forma positiva, y que están siendo operadas por no sabemos quién. Claro que los papás y las personas pueden decidir otra forma de proceder con sus hijos, pues no se coarta la libertad personal, ya que cada quien se educa o se maleduca según su propio criterio, aunque no siempre estemos de acuerdo con él.
Hay varios países que ya han legislado al respecto. Algunos ya han decidido prohibirlos en las escuelas con niños, a no ser en casos de investigaciones que se permitirían. Lo que se busca es evitar que un poder sin nombre y rostro maneje a las personas y les haga esclavos y adictos casi sin darse cuenta, sobre todo a los pequeños. Esto lo han decidido después de comprobar el daño que se puede causar a la sociedad en general. Insisto: no se pretende eliminar la libertad personal, sino proteger a la comunidad. Y eso trasciende a los padres de familia y a los maestros; por ello, la autoridad civil tiene obligación de intervenir.
ILUMINACION
El Papa León, en su encíclica Magnifica Humanitas, afirma:
“En una época en la que la verdad suele verse supeditada a intereses y estrategias comunicativas, el mundo de la educación adquiere una importancia decisiva. Sin embargo, las rápidas transformaciones tecnológicas ponen de manifiesto lo poco preparados que estamos en el ámbito educativo. La omnipresencia de los medios digitales genera una cultura de la inmediatez y la sobreestimulación, que alimenta el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que supone buscar la verdad.
Los procesos educativos, en cambio, requieren tiempo para madurar, una confrontación con la realidad más allá de las apariencias y un camino paciente. La cuestión es fundamental, porque toda tecnología educa a quien la utiliza. Educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla. La rapidez y la facilidad con las que se obtiene una respuesta o una síntesis hacen correr el riesgo de que se apague el deseo de plantear preguntas, que sólo da fruto con el tiempo. Como escribe Platón, las cosas más profundas e importantes sólo se aprenden tras mucho tiempo y mucho esfuerzo, comprometiéndose en la discusión con los demás para ‘frotar’ los conceptos y las experiencias como si fueran pedernal, hasta que en nosotros salte la chispa de la comprensión. Debemos aprender a prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita.
En los últimos años, la literatura psicológica y psiquiátrica ha documentado con creciente insistencia cómo una exposición precoz y sin supervisión a los dispositivos digitales y a las redes sociales puede afectar negativamente al sueño, a la atención, a la regulación emocional y a las relaciones, especialmente en las edades más vulnerables, con consecuencias a veces dramáticas. A esto se suma la facilidad de acceso a escenas violentas o crueles que hieren la sensibilidad, a contenidos pornográficos e hipersexualizados, a mensajes que banalizan el cuerpo y la afectividad, y a propuestas que normalizan comportamientos de riesgo. En la red no son raros los fenómenos de captación, chantaje y explotación sexual de menores, que se vuelven más insidiosos por el uso de perfiles falsos, de algoritmos que amplifican contactos peligrosos y de herramientas de IA capaces de manipular imágenes y vídeos. Tener un teléfono móvil personal demasiado pronto y utilizarlo sin el control de los adultos puede acentuar la fragilidad y favorecer las adicciones en los jóvenes, exponiéndolos a dinámicas de aislamiento, acoso y ciberacoso, así como a la presión para compartir imágenes íntimas o datos sensibles.
A los padres de familia les resulta difícil resistir por sí solos al condicionamiento de modelos de negocio que monetizan la atención y el tiempo. Por eso es indispensable una alianza entre la política, las instituciones educativas y las familias, capaz de sostener de manera concreta a los adultos en su tarea. Es necesario oponerse, con decisiones públicas de largo alcance, a los intereses inmediatos de las plataformas —concentradas en pocas manos— cuando estos entran en conflicto con el bien de los menores. En esta perspectiva, son oportunas intervenciones legislativas que establezcan límites de edad, responsabilicen a los proveedores de servicios ―sin descargar, sobre las familias, el peso de la limitación― y prevean protecciones específicas contra toda forma de explotación y violencia sexual en internet, de modo que la infancia y la adolescencia se custodien verdaderamente como bienes preciosos confiados a nuestro cuidado. Al mismo tiempo, es necesario educar a los niños, adolescentes y jóvenes para que aprendan a reconocer las manipulaciones, a defender su propia dignidad y a respetar la de los demás, también en los entornos digitales” (139-142).
ACCIONES
Quienes tengan forma de participar en la consulta, anímense a dar su palabra. Yo participo compartiendo con ustedes estos criterios del Papa, que nos iluminan bastante. Examínese cada quien qué tanto es esclavo de las redes sociales.
PONENTE: Mons. Felipe Arizmendi Esquivel
