Padre, ¿me echa agüita?
Termina la Misa, y la gente no se va: se acerca otra vez al altar. Quien ve la escena por primera vez se pregunta: ¿y ahora qué pasa? No se lo preguntan, desde luego, ni los feligreses mexicanos ni sus sacerdotes, que saben perfectamente qué viene a buscar esa gente: el agua bendita. Y no una gotita simbólica, no: un buen chorro, que moje de verdad, que se sienta. Y no falta quien se forma dos veces en la fila, para estar seguro.
Viene una sonrisa. Pero al mismo tiempo es una escena de una sencillez de fe que hay que contemplar sin ningún desprecio. Al contrario: es una ocasión de oro para una catequesis sobre el agua.

Hace años, Gloria Estefan y Celia Cruz le cantaban a una abuela que con tres gotas de agua bendita lo arreglaba todo: el dolor de cabeza, el mal sueño, hasta el futuro. Sonreímos también aquí, porque todos conocemos a esa abuela. Y quizá nos parecemos a ella más de lo que pensamos.
Digámoslo primero con claridad: el instinto es bueno. El agua bendita no es superstición: es un sacramental, un signo santo de la Iglesia. Cada vez que mojamos los dedos al entrar al templo y nos persignamos, estamos recordando nuestro Bautismo: por el agua entramos en la Iglesia, y por el agua volvemos a entrar cada domingo. La Iglesia misma lo canta cuando el sacerdote asperja al pueblo: «Rocíame, Señor, con el hisopo». Nadie tiene que avergonzarse de pedir agüita.
Pero los signos santos tienen una jerarquía. En el pozo de Sicar, una mujer samaritana le hizo a Jesús la misma petición que nosotros: «Señor, dame de esa agua». Y Jesús no la regañó. Hizo algo mejor: le levantó la mirada. Hay un agua que quita la sed por un rato, y hay un agua que salta hasta la vida eterna.
Aquí está el corazón del asunto. Fíjense en el detalle: para pedir agüita volvemos al altar. El cuerpo sabe adónde hay que ir; es domingo, y el alma también lo sabe. Pues sobre ese altar, hace unos minutos, estaba el don más grande que Dios puede darnos: el Cuerpo de Cristo. El agua bendita toca el cuerpo y dispone el alma; la Eucaristía nos une al Cuerpo de Cristo y nos transforma por completo. El Concilio lo enseña con sencillez: los sacramentales nos disponen a recibir el fruto de los sacramentos; no los sustituyen. Son la gota que señala hacia el manantial.
Y hay algo más. Nosotros pedimos que el agua moje de verdad. Pues así da Dios: en la Eucaristía no da una gotita ni un buen chorro; se da Él mismo, todo entero. Por eso, la mejor manera de pedirle mucho a Dios no es formarse dos veces en la fila: es llegar confesados y acercarse a comulgar. Quien comulga en gracia lleva dentro más de lo que cabe en todas las pilas de agua bendita del mundo.
Que nadie deje de pedir su agüita: ese gesto sencillo de fe es un tesoro. También la samaritana pidió agua. Pero después de encontrarse con Cristo dejó el cántaro junto al pozo y fue a contarlo. Había ido por agua; había encontrado la fuente.
PONENTE: P. Claudio Campesato
