¿Qué hacemos con las manos en el Padrenuestro?

¿Qué hacemos con las manos en el Padrenuestro?

La Misa no nos pide elegir entre el Padre y el hermano: solo pone cada cosa en su momento

Llega el Padrenuestro y, si uno mira alrededor, la escena es de una hermosa confusión. Uno eleva las manos al cielo. Otra las junta como el día de su primera comunión. Alguien busca la mano del vecino; y no falta quien se desplaza de su banca para completar la cadena —a veces con verdaderas acrobacias sobre el pasillo—, ni quien sube hasta el presbiterio para tomar la mano del padre, no vaya a ser que se quede fuera.

       

¿De dónde nace tanta confusión? De algo muy bueno, en realidad: todos queremos hacer algo. Queremos que también el cuerpo rece, no solo la boca. Y esa intuición es profundamente cristiana. En la Misa nunca reza la pura voz: reza la persona entera, de pie, arrodillada, cantando, en silencio. El cuerpo también habla.

Pero justamente porque el cuerpo habla, importa qué dice y cuándo lo dice. Cuando la boca dice una cosa y las manos dicen otra, se produce un pequeño cortocircuito.

La Iglesia conoce ese cortocircuito desde hace siglos, y tiene un remedio muy sencillo. San Benito pedía a sus monjes, cuando cantaban los salmos, una sola cosa: que la mente concuerde con la voz (Regla de san Benito 19,7). El Concilio Vaticano II hizo suya esa misma petición al hablar de la oración pública de la Iglesia (Sacrosanctum Concilium 90). Y nosotros podemos dar un pasito más: que también las manos concuerden con la voz.

Hagamos entonces la prueba. ¿Qué está diciendo la voz en ese momento? Está diciendo «Padre nuestro, que estás en el cielo». La oración no se dirige al vecino: junto con él, y con toda la asamblea, se dirige al Padre.

¿Y qué dice la mano que toma otra mano? Dice algo hermoso: «estoy contigo». Tomar la mano de alguien es uno de los gestos humanos más poderosos que existen: da seguridad, consuela, sostiene. Por eso hay que decirlo con claridad: el problema del gesto no es que esté vacío. Es que está lleno… de otro significado. En el momento en que la voz mira al cielo, la mano entrelazada mira hacia el lado. No dice nada malo: dice otra cosa.

Los primeros cristianos lo dijeron con el cuerpo antes que con los libros. En las catacumbas de Priscila, en Roma, en el llamado cubículo de la Velata, hay una mujer de pie, con los brazos abiertos y las manos levantadas. Es la figura de la orante, una de las más repetidas en la pintura cristiana antigua: la postura en la que aquellos cristianos quisieron ser representados rezando, y ser recordados. No era un gesto reservado a los sacerdotes; era, sencillamente, el gesto del cristiano que reza. Por eso hoy el sacerdote, al recitar el Padrenuestro con las manos extendidas, no hace algo «suyo»: hace visible en el rito una postura antiquísima de la oración cristiana.

  

Romano Guardini, uno de los grandes maestros de la liturgia del siglo pasado, dedicó páginas enteras a las manos: en ellas, decía, el alma se vuelve visible. Si eso es verdad —y basta mirar a una madre con su hijo para comprobarlo—, entonces la pregunta «¿qué hago con las manos?» es en el fondo otra: ¿hacia dónde quiero que mire mi alma en este momento?

Y aquí viene lo mejor: la Misa ya lo tenía previsto. El Padrenuestro no se cierra sobre sí mismo; abre un camino. Apenas terminado, pedimos ser librados de todo mal y que se nos conceda «la paz en nuestros días»; aclamamos que suyos son el reino, el poder y la gloria; el sacerdote recuerda a Cristo lo que prometió a sus apóstoles: «La paz les dejo, mi paz les doy»; llega el saludo de la paz y, cuando se invita a intercambiarla, entonces sí: nuestras manos pueden buscarse, estrecharse, decir «estoy contigo». Primero nos volvemos juntos al Padre; poco después, nos volvemos unos a otros. No son dos gestos enemigos: son dos direcciones, y la liturgia nos enseña a recorrerlas en orden.

  

Porque no necesitamos tomarnos de las manos para convertirnos en hermanos. Podemos decir juntos «Padre nuestro» porque ya lo somos.

 

 

Para profundizar

Una guía de lectura en cuatro pasos, para quien quiera seguir el hilo: la Escritura, los Padres, el Magisterio, el arte.

1. La Escritura: las manos que rezan

  • Éxodo 17, 11-12 — Moisés con las manos alzadas mientras Israel combate: la intercesión tiene un cuerpo, y ese cuerpo se cansa. Aarón y Jur sostienen las manos de Moisés hasta la puesta del sol.
  • Salmo 140 (141), 2 — el salmo con que se abren las primeras Vísperas del domingo de la primera semana del salterio: «Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde». El salmo no dice que las manos acompañen a la ofrenda: las compara con ella.
  • Salmo 133 (134), 2 — la invitación a alzar las manos hacia el santuario y bendecir al Señor: la oración nocturna de los que velan en el templo.
  • 1 Timoteo 2, 8 — el deseo del Apóstol de que los hombres oren en todo lugar levantando manos puras: la Iglesia apostólica hereda el gesto de Israel y lo hace suyo.

2. Los Padres: los primeros comentarios al Padrenuestro

  • Tertuliano, De oratione 14 y 17 (s. III) — el primer comentario cristiano al Padrenuestro. Sobre las manos: no solo las levantamos, las extendemos, configurándolas a la pasión del Señor (c. 14); y han de alzarse con mesura y decoro, sin ostentación (c. 17). Ya entonces el gesto pedía sobriedad.
  • San Cipriano de Cartago, De dominica oratione 4, 6 y 8 (s. III) — el gran tratado africano sobre el Padrenuestro. La disciplina del cuerpo y de la voz, porque Dios escucha el corazón y no la voz (c. 4); el publicano que ora sin alzar los ojos con descaro ni las manos con insolencia (c. 6); y el corazón del «nuestro»: no decimos Padre mío, porque nuestra oración es pública y común, y todo el pueblo somos uno (c. 8). Es el Padre que más de cerca toca el tema de este artículo.
  • Orígenes, De oratione 31 (s. III) — la descripción clásica de la postura del orante: de pie, las manos extendidas, los ojos elevados, porque el cuerpo lleva impresa la imagen de las disposiciones del alma.

3. El Magisterio y la liturgia

  • Regla de san Benito 19, 7 — ut mens nostra concordet voci nostrae: que nuestra mente concuerde con nuestra voz.
  • Concilio Vaticano II, constitución Sacrosanctum Concilium 90, sobre la oración pública de la Iglesia: vatican.va.
  • Ordenación General del Misal Romano, nn. 42-43 (los gestos y posturas comunes como signo de la unidad de la asamblea); n. 152, que describe el gesto del sacerdote: dice la monición con las manos juntas y, con las manos extendidas, reza la Oración del Señor juntamente con el pueblo; y nn. 153-154, que ordenan lo que sigue: embolismo, aclamación, oración Señor Jesucristo, saludo de la paz y, según las circunstancias, la invitación a intercambiarla: vatican.va.
  • Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino (Sección para el Culto Divino), responsum De signo pacis, en Notitiae 11 (1975) 226 — una cuestión muy cercana a la nuestra: se preguntaba si podía admitirse que los fieles se tomaran de la mano durante el Padrenuestro en lugar de darse la paz cuando el rito lo pide. La respuesta observa que estrechar largamente la mano es de suyo signo de comunión más que de paz; que se trata de un gesto nacido de iniciativa privada y no previsto en las rúbricas; y que no se ve por qué habría de suprimirse el gesto de la paz —tan cargado de sentido y de sabor cristiano— para introducir en otro momento de la Misa un signo de menor significación. La desaprobación recae expresamente sobre la sustitución. Fascículo original: Notitiae 108-109 (1975), p. 226.
  • Alejandro Feregrino, «¿Es correcto elevar las manos durante el Padre Nuestro en la Misa?», Desde la Fe, 25 de octubre de 2024 — artículo del semanario de la Arquidiócesis de México, útil para ver cómo se plantea la cuestión entre nosotros: recuerda que la Ordenación ni manda ni prohíbe a los fieles repetir el gesto del sacerdote, recoge la recomendación de unir las manos y también el parecer personal de un antiguo responsable de Pastoral Litúrgica arquidiocesana, que no ve en ello nada incorrecto. No es, pues, una disposición particular, sino un artículo de divulgación: desdelafe.mx.
  • Conferencia Episcopal Italiana, Precisazioni al Messale Romano (2020), n. 8 — como término de comparación: otra Conferencia excluye los gestos que no responden a la orientación específica de una oración dirigida a Dios Padre, y permite los brazos abiertos con dignidad y sobriedad, en clima de oración filial.

4. El arte: la orante

  • Catacumbas de Priscila, cubículo de la Velata (Roma, segunda mitad del s. III) — la figura de la orante, una de las imágenes más repetidas de la oración cristiana antigua: imagen en dominio público, Wikimedia Commons.
  • Romano Guardini, Los signos sagrados, capítulo «Las manos» — el puente entre la arqueología y el alma: en las manos, el alma se vuelve visible.
Categorías: Actualidad

PONENTE: P. Claudio Campesato