El Kyrie: Aclamar e implorar

El Kyrie: Aclamar e implorar

CANTAR LA MISA / 02

El Kyrie no repite el acto penitencial. El Misal lo define con dos verbos: aclamar al Señor e implorar su misericordia. La gramática del Misal, el grito de Bartimeo y el canto ayudan a comprenderlo.

Después del acto penitencial, cuando el Señor, ten piedad no ha formado ya parte de él, la celebración continúa con una de las invocaciones más antiguas de la liturgia cristiana: Kyrie, eleison. Christe, eleison. Kyrie, eleison. Son las mismas palabras, en griego: «Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad».

    

La cercanía entre ambos momentos puede hacernos pensar que el Kyrie es simplemente una segunda petición de perdón. Sin embargo, el propio Ordinario de la Misa utilizado en México permite comprobar que no son intercambiables. En la Fórmula II se desarrolla este diálogo: «Señor, ten misericordia de nosotros». El pueblo responde: «Porque hemos pecado contra ti». El sacerdote prosigue: «Muéstranos, Señor, tu misericordia». Y el pueblo: «Y danos tu salvación». Después de la absolución siguen todavía las invocaciones Señor, ten piedad – Cristo, ten piedad, porque no han sido incorporadas a esa fórmula.

La Fórmula III, en cambio, contiene ya el Kyrie: cada invocación concluye con Señor, ten piedad o Cristo, ten piedad. Piedad y misericordia no nombran aquí dos realidades distintas. No basta, por tanto, con que dos textos hablen de misericordia para que realicen la misma acción litúrgica. La Instrucción General del Misal Romano explica esa acción mediante dos verbos: el Kyrie es el canto con el cual los fieles aclaman al Señor e imploran su misericordia (IGMR 52).

Aclamar: decir quién es el Señor

La diferencia respecto al acto penitencial aparece, ante todo, en la gramática. En el Yo confieso hablamos en primera persona y nombramos nuestras acciones: «he pecado mucho», «por mi culpa». En la Fórmula II el pueblo responde: «Porque hemos pecado contra ti». El acto penitencial reconoce aquello que hemos hecho y que necesita conversión.

El Kyrie está construido de otro modo. No menciona directamente el pecado ni contiene una confesión en primera persona. Comienza por el nombre: Kyrie, «Señor»; después se dirige a Cristo: Christe. Antes de hablar de nuestra condición, nombra a aquel en quien depositamos nuestra confianza.

El acto penitencial nombra lo que hemos hecho; el Kyrie nombra a quien invocamos.

La Fórmula III confirma esta diferencia. El formulario VI del Ordinario mexicano proclama: «Defensor de los pobres: Señor, ten piedad. Refugio de los débiles: Cristo, ten piedad. Esperanza de los pecadores: Señor, ten piedad». Las invocaciones no enumeran las faltas de la comunidad; dicen quién es Cristo para ella. Cuando el Kyrie se integra en el acto penitencial, no pierde su gramática propia: es el acto penitencial el que adopta la gramática del Kyrie, aclamando al Señor mediante sus títulos y sus acciones salvadoras.

La historia conduce a la misma conclusión. A finales del siglo VI, san Gregorio Magno explicaba que en Roma los clérigos pronunciaban el Kyrie y el pueblo respondía. Añadía que los romanos cantaban también el Christe eleison y llamaba a ambas expresiones deprecationis voces, «voces de súplica». El Kyrie era ya una aclamación responsorial muchos siglos antes de que el acto penitencial comunitario recibiera su forma actual.

    

También el repertorio musical ofrece un indicio elocuente. El Kyriale distribuye sus formularios de acuerdo con el carácter y el grado de solemnidad de las celebraciones. Junto a Kyries sobrios conserva melodías ampliamente ornamentadas y destinadas a las fiestas solemnes. El Kyrie II, conocido como Fons bonitatis, es festivo y melismático: despliega muchas notas sobre una sola sílaba. No tendría sentido ornamentar más, precisamente en los días de fiesta, una segunda enumeración de nuestras culpas. La variedad del repertorio se comprende, en cambio, cuando reconocemos la primera acción del Kyrie: la asamblea aclama al Señor.

CANTAR LA MISA

Implorar: poner ante Dios nuestra necesidad

La aclamación no mantiene al Señor a distancia. Precisamente porque lo reconocemos, podemos gritarle: eleison, «ten piedad». En los Evangelios sinópticos esta invocación, o sus formas equivalentes, aparece en boca de ciegos, enfermos, padres angustiados y personas que se encuentran ante una necesidad que no pueden resolver por sí mismas. No están realizando una confesión ritual de sus pecados: expresan su indigencia ante alguien reconocido como capaz de transformar su situación.

Bartimeo ofrece una imagen especialmente clara. El texto bíblico publicado por la Conferencia del Episcopado Mexicano recoge así su grito: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!» (Mc 10, 47). La traducción dice «ten compasión»; el texto griego emplea la misma forma verbal que escuchamos en el Kyrie: eléeson me. Bartimeo no comienza explicando su desgracia. Primero aclama a Jesús como Hijo de David y, en el mismo aliento, implora su ayuda. Su grito reúne exactamente los dos movimientos indicados por el Misal: aclamar e implorar.

Bartimeo no comienza explicando su miseria: comienza proclamando quién es Jesús.

La misericordia incluye ciertamente el perdón de los pecados, pero no se limita a él. Pedimos que el Señor nos alcance en la enfermedad, en el miedo, en la soledad, en las divisiones, en las heridas que no sabemos curar y también en el pecado. El Kyrie recoge todo aquello que la Iglesia lleva ante Dios y no puede salvar con sus propias fuerzas.

La biblista Emanuela Zurli ha propuesto una lectura particularmente audaz: según su reconstrucción de la matriz semítica de la invocación, esta apela al amor materno de Dios, evocado por la raíz hebrea rhm, vinculada al seno materno, y no nace primariamente como petición de perdón. Llega incluso a proponer la traducción «Señor, ámame tiernamente». No es la traducción del Misal, y el griego eleéo traduce también otros verbos hebreos relacionados con la gracia, la compasión y el consuelo; pero su propuesta posee un mérito: muestra cuánto se empobrece el eleison cuando queda reducido únicamente al lenguaje de la culpabilidad.

  

Retomando la imagen de la casa con la que se abría el primer número de esta serie, podemos decir: la penitencia puede entrar en el Kyrie, pero es huésped dentro de una casa más grande. El pecado es una de las formas de nuestra miseria y necesita la misericordia divina. Pero el ciego que pide ver, el enfermo que busca sanación, la madre que suplica por su hija y el pueblo que grita en la prueba no están todos realizando un acto penitencial. Confían al Señor una vida que necesita ser alcanzada y salvada.

Al elegir y preparar el Kyrie, no busquemos que suene necesariamente triste. La variedad del Kyriale, con melodías sobrias y otras festivas, recuerda un criterio esencial: la música ha de dejar espacio a la aclamación y dar voz a la súplica.

El Kyrie no repite simplemente lo que se ha dicho antes. Cambia la dirección de la mirada. En el acto penitencial reconocemos con verdad nuestras culpas; en el Kyrie levantamos los ojos, proclamamos quién es el Señor y le entregamos toda nuestra indigencia. Dos palabras griegas contienen así un movimiento espiritual completo: aclamar al Señor e implorar su misericordia.

           

El canto de entrada: Unánimes y concordes 

Autor: CLAUDIO CAMPESATO

Kyrie, eleison. Christe, eleison. Kyrie, eleison.

FUENTES Y REFERENCIAS 

· Instrucción General del Misal Romano, n. 52; Misal Romano, tercera edición para México, Ordinario de la Misa, fórmulas II y III del acto penitencial.

· Gregorio Magno, Registrum epistularum IX, 26.

· Conferencia del Episcopado Mexicano, Evangelio según san Marcos 10, 46-52.

· Graduale Romanum, Kyriale, Kyrie II, Fons bonitatis; Ferdinand Haberl, Il Kyriale Romanum. Aspetti liturgici e musicali, Roma, Pontificio Istituto di Musica Sacra, 1977.

· Emanuela Zurli, «Kyrie eleison. L’invocazione biblica a Dio, che ci ama come una madre», Rassegna di Teologia 51 (2010), pp. 215-232. Número anterior: Cantar la Misa / 01. El canto de entrada: Unánimes y concordes.

 

Categorías: Actualidad

AGREGADO POR: Angelica María