VENTAJAS Y RIESGOS DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
+ Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo Emérito de SCLC
HECHOS
Cuando el Papa Francisco empezó a hablar sobre la llamada Inteligencia Artificial (IA), como ya lo había empezado a hacer el Papa Benedicto, me extrañé un poco pensando que por qué se le daba tanta importancia a este asunto. Con el tiempo comprendí que es algo que está configurando cada día más nuestra vida, muchas veces sin darnos cuenta, y por ello el Papa León XIV ha dedicado su reciente carta encíclica ¡Magnifica Humanitas! a resaltar lo positivo de la IA, así como lo preocupante que es su uso sin respeto a la dignidad humana de las personas, que es lo más valioso que debemos cuidar.
No se niegan las bondades que ha aportado la IA a la ciencia en todas sus ramas, pero se analizan sus peligros. Por ejemplo, no se puede condenar que le preguntes a Siri, a Alexa, o a otros asistentes virtuales semejantes, cualquier cosa que quieras saber y que la máquina te conteste de inmediato. O que te haga una operación matemática, desde una sencilla suma o resta, o algo más complejo. Lo malo y preocupante es que, por ejemplo, ya no sepas ni sumar o restar una pequeña cantidad con tu propio esfuerzo. Ya no vales por ti mismo, sino que siempre tienes que estar consultando a tu celular o a tu computadora. Sintiéndote muy moderno, te despersonalizas; ya no eres tú, sino lo que indica la máquina.
Desde que yo daba clases de Liturgia a los seminaristas hace unos diez años, cuando apenas se empezaban a usar más los celulares, yo explicaba algún punto y todo parecía claro para ellos; pero a los ocho días les preguntaba sobre el tema y ni se acordaban que lo hubiéramos tratado, menos su contenido. Eso pasa cuando dependes tanto del celular, que ya no memorizas, no interiorizas, no analizas, no profundizas; sólo consumes y repites. Repito: ya no eres tú. Ese es el gran peligro; que no uses tu mente, sino que a todas horas necesites el apoyo de tu asistente virtual.
ILUMINACION
Dice el Papa León: “Bajo la guía del Espíritu Santo, la Iglesia se deja iluminar por la Palabra, para leer los signos de los tiempos y buscar con creatividad nuevos caminos para que las relaciones entre las personas y los pueblos estén cada vez más de acuerdo con las exigencias del Reino de Dios” (91).
“No es posible dar una definición única y completa de la IA. Lo que podemos decir es que hay que evitar el equívoco de equiparar esta ‘inteligencia’ a la humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Al hacerlo, a menudo la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior” (99).
“La IA puede ser una valiosa ayuda y, al mismo tiempo, exija un enfoque prudente y cauteloso. La velocidad y la sencillez con la que es posible obtener indicaciones, elaboraciones complejas, contenidos mediáticos y formas de asistencia concreta simplifican nuestras vidas, pero también pueden acostumbrarnos a delegar demasiado y a buscar respuestas rápidas, debilitando el juicio personal y la creatividad” (100).
“No significa estar en contra del progreso, sino ejercitar un cuidado responsable hacia la familia humana” (106). “No podemos considerar a la IA como moralmente neutra” (104). “Quien controla la IA impondrá su propia visión moral, que se convertirá en la infraestructura invisible de los sistemas. No serviría de nada una IA más moral, si esta moral es decidida por unos pocos” (107). “Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano” (110). “La inteligencia, si se absolutiza, termina por velar otras dimensiones esenciales de la vida: el afecto, la voluntad, la entrega y la relación” (113). “Es sabio reconocer nuestra finitud constitutiva” (118). “Tantos momentos en los que el límite se hace tangible en nuestra vida: cuando recibimos un rechazo, cuando sufrimos a causa de la enfermedad o la muerte de una persona amada, cuando experimentamos la incapacidad o el error. Misteriosamente, es en estos casos que podemos encontrar una nueva sabiduría, palpar el afecto de las personas y experimentar la presencia del Señor” (119). “La finitud, cuando se acoge en la verdad, no empobrece al ser humano, sino que lo abre al reconocimiento del rostro de Dios y del otro” (122). “Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero” (128).
ACCIONES
Tengamos en cuenta lo que advierte y recomienda el Papa: “Si no estamos atentos, puede surgir un sistema educativo carente de amor por la verdad, en el que el flujo incesante de información sustituya al ejercicio de la investigación, la reflexión y el discernimiento. Se multiplican los conocimientos fragmentarios, pero se hace más difícil captar la realidad en su conjunto, plantear preguntas sobre el sentido de las cosas y desarrollar un auténtico pensamiento crítico y creativo. Las personas saben muchas cosas, pero tienen dificultades para dar un sentido a su vida. Es necesario promover una verdadera higiene de la atención: ritmos que incluyan silencio, estudio reflexivo, lectura, análisis ponderado; sin estos elementos, la libertad interior puede verse comprometida” (146).
PONENTE: Mons. Felipe Arizmendi Esquivel
