¿A quién buscas, cantor?

¿A quién buscas, cantor?

Volver a descubrirse como cuicani

El cantor no empieza cantando. Empieza hablando con su corazón.

Así se abre el primer canto de los Cantares mexicanos, conservados en un manuscrito náhuatl del siglo XVI: «Hablo con mi corazón». Y ese corazón no está quieto. Se pregunta dónde encontrará flores bellas y perfumadas, sale a buscarlas y, entre los árboles, oye cantar a los pájaros. Les dice que no quiere estorbarlos; los pájaros callan y, en ese silencio, se le acerca un colibrí:

Aquin tictemohua, cuicanitzine? ¿A quién buscas, cantor?

Un cristiano puede reconocer en esa inquietud y en esa pregunta, sin confundir dos mundos distintos, una resonancia muy antigua. San Agustín abrió sus Confesiones con el deseo de alabar a Dios, y explicó de dónde nace: «Nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones I, 1, 1). Quien busca, añade, encuentra; y quien encuentra, alaba. El corazón que alaba está hecho para Alguien; por eso busca.

En nuestras parroquias, en cambio, solemos empezar por otra parte: conectar las bocinas, afinar la guitarra, buscar el tono del salmo. Todo eso hace falta. Pero antes de educar la voz, el cantor necesita saber a quién busca su corazón.

Quien busca de verdad termina aprendiendo a escuchar. Le pasó a Juan Diego en el Tepeyac, según el Nican mopohua: oyó primero un canto de aves preciosas, se detuvo y se preguntó si merecía lo que estaba oyendo. Después el canto cesó y, en el silencio, escuchó su nombre: «Juantzin, Juan Diegotzin», con el mismo -tzin reverencial con que el colibrí había llamado al cantor, al cuicani. Le pasó también a María Magdalena junto al sepulcro: Jesús le preguntó «¿A quién buscas?», y ella lo reconoció al oír su nombre. No basta, pues, saber cuándo empezar a cantar; hay que saber callar para oír el propio nombre.

Lo que se escucha así hay que guardarlo. El Códice Florentino describe al buen cantor como alguien «de buena, clara y sana voz, de claro ingenio y de buena memoria». En una parroquia, esa memoria tiene nombres concretos: los cantos de Semana Santa que todos reconocen desde la primera nota, el canto con que despedimos a nuestros difuntos, un alabado que los mayores todavía saben y que quizá nadie ha enseñado a los niños. Un cantor sin memoria puede tener mucho repertorio; difícilmente tendrá raíces.

Pero lo que se guarda no es para uno mismo. El cantor del primer canto no buscaba flores para quedárselas: las quería para alegrar a sus amigos. Y Juan Diego bajó del cerro con la tilma llena de flores que no eran suyas, porque eran la señal que debía llevar al obispo. El canto de una parroquia se parece a eso: belleza recibida para entregarla. Por eso, al terminar una celebración, importa menos preguntarse «¿me escucharon bien?» que «¿ayudé a alguien a cantar?».

Detrás de esa pregunta hay una razón que el papa León XIV recordó a los coros con palabras de san Agustín: «cantar es propio de quien ama». Y añadió que los cantores no están por delante de la comunidad, «sino que forman parte de ella». El corazón que al principio buscaba termina cantando porque ama.

Volver a descubrirse como cuicani no significa llenar la Misa de palabras en náhuatl ni de folklore. Significa cantar desde el corazón y para los demás, como quien lleva flores.

En Tenancingo y en toda esta región se sabe cuánto trabajo cabe dentro de una flor: tierra, agua, paciencia, manos, tiempo. Hace siglos, un cantor se preguntaba dónde encontrar flores. Nosotros vivimos en una tierra que conoce bien la respuesta.

Aquí la tierra ya pone las flores. El canto nos toca a nosotros.

     

 

Antes de volver a cantar

Cinco preguntas para preparar el ministerio y examinar el corazón

El cuicani nos ha dejado cinco verbos: buscar, escuchar, guardar, servir y entregar. También pueden convertirse en cinco preguntas para quien canta en la Iglesia.

1. ¿A quién busca mi corazón cuando canto?

Antes de elegir repertorio, ¿he recordado para Quién canto? ¿Mi deseo es ayudar a la comunidad a encontrarse con Dios o necesito ser escuchado, reconocido, felicitado?

2. ¿Sé escuchar y sé callar?

¿He escuchado la Palabra y las oraciones de esta celebración antes de preparar los cantos? ¿Respeto los silencios? ¿Sé terminar cuando el rito lo pide, aunque musicalmente pudiera seguir?

3. ¿Qué memoria estoy custodiando?

¿Conozco sólo lo nuevo o también los cantos que esta comunidad ha recibido y rezado durante años? ¿Estoy enseñando a otros lo que yo recibí, especialmente a quienes vienen detrás?

4. ¿Mi manera de cantar permite cantar a los demás?

¿El tono, el volumen, las entradas y el repertorio ayudan realmente a la asamblea? ¿Estoy acompañando su canto o, sin darme cuenta, lo estoy sustituyendo?

5. ¿Qué entregué hoy?

Al terminar, más que preguntarme «¿canté bien?» o «¿me escucharon?», ¿puedo preguntarme: «¿ayudé a alguien a rezar, a escuchar, a responder, a cantar?» ¿La belleza que recibí llegó a otros?

¿A quién busqué? ¿Qué custodié? ¿Qué entregué?

Oración del cantor

Señor,
enséñame a buscarte,
a escucharte en el silencio,
a custodiar lo que recibo,
a cantar para los demás.
Que mi voz sostenga la de mis hermanos
y sea una flor que se entrega.
Amén.

 

   Pes Allegoricus


PONENTE: P. Claudio Campesato