¿Sabías que la barca es imagen de la Iglesia?
La nave y el viento: un viaje con san Agustín y san Juan de la Cruz para aprender a navegar con el Espíritu
La nave. El Evangelio de este domingo (Mt 14,22-33) nos lleva a un lago, de madrugada. Los discípulos están en una barca, las olas los sacuden y el viento sopla en contra.
Los primeros cristianos vieron en esa barca una imagen de la Iglesia. San Agustín lo explicaba de manera sencilla: la barca es la Iglesia; el mar es este mundo; las olas son las dificultades que encontramos. ¿Y Jesús? Parece estar lejos, pero no los ha abandonado: está en la montaña, orando por ellos. La barca puede ser golpeada por las olas, pero nunca está abandonada.
Esta imagen ha dejado una huella hasta en nuestra manera de hablar. La parte de la iglesia donde se reúne el pueblo se llama todavía hoy nave. Cada domingo, cuando entras en una iglesia, entras también en una barca. Y en esta barca nadie viaja solo: todos necesitamos de todos.

El viento. En el Evangelio, el viento es contrario y asusta a los discípulos. También en nuestra vida soplan vientos contrarios. Pueden llamarse miedo, desánimo, rencor, división o desconfianza. Todos se vuelven peligrosos cuando nos hacen pensar que estamos solos y que Dios se ha olvidado de nosotros. Nos hacen olvidar que Jesús está en la montaña, orando por los suyos.
Pero no todos los vientos son iguales. Una barca de vela también necesita el viento para avanzar. La Biblia guarda aquí un pequeño secreto: en las lenguas en que fue escrita, una misma palabra puede significar «viento», «soplo» y «espíritu». El Espíritu Santo no es el viento que confunde y divide. Es el soplo que viene de Dios: su Amor que entra en nuestro corazón, nos recuerda que no estamos abandonados y da fuerza a la barca de la Iglesia.
La brisa. ¿Y cómo sopla el Espíritu? Muchas veces esperamos que Dios se manifieste con algo grande y espectacular.
En la primera lectura de este domingo (1 Re 19,9a.11-13a) escuchamos al profeta Elías. Él también esperaba encontrar a Dios en el huracán, en el terremoto o en el fuego. Pero el Señor se hizo presente en el murmullo de una brisa suave.

San Juan de la Cruz, un santo poeta, llamó a esa brisa «el silbo de los aires amorosos» y llamó a Dios «la música callada». Dios no siempre grita. Muchas veces habla en voz baja, como un soplo que toca suavemente la piel y llega hasta el corazón.
La vela. El viento puede soplar, pero, si la vela permanece cerrada, la barca no avanza. Lo mismo sucede con nosotros: Dios no nos obliga; espera que le abramos el corazón.
¿Cómo podemos abrir la vela? Con medios muy sencillos: la oración de cada día, la Palabra de Dios, los sacramentos y un poco de silencio. Nada de esto fabrica el viento. La vela no crea el viento: solamente se abre para recibirlo.
Cuando la vela se abre, el Amor de Dios comienza a movernos. «Nos apremia el amor de Cristo» (2 Cor 5,14), decía san Pablo; es decir, su amor nos impulsa y nos pone en camino.
En medio del lago, Pedro baja de la barca y camina hacia Jesús. Pero después mira el viento, siente miedo y comienza a hundirse. Entonces grita: «¡Señor, sálvame!». Es una de las oraciones más breves y más verdaderas del Evangelio.

Jesús le tiende la mano, lo levanta y sube con él a la barca. El viento se calma y los discípulos dicen: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios».
Esta semana puedes hacer algo muy sencillo: regálale a Dios cinco minutos de silencio cada día. Esa será tu manera de abrir la vela.
Y cuando sople un viento contrario, no escuches la voz que te dice que estás solo. Recuerda a Jesús en la montaña: aunque no lo veas, está orando por ti. No te quedes mirando el viento, como Pedro. Mira al Señor y repite su oración: «¡Señor, sálvame!».
Quien dice estas palabras de corazón ya ha abierto la vela. Y la barca, con Jesús a bordo, no se hunde.
Autor: Pbro. Claudio Campesato
AGREGADO POR: Angelica María
