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Don Hijote, hidalgo sin mancha

Don Hijote, hidalgo sin mancha

Por el bautismo todo cristiano es hidalgo: no hijo de algo, sino hijo de Alguien

«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor». Casi todos conocemos estas palabras, aunque no hayamos leído el Quijote entero. Pocas veces, en cambio, nos detenemos en esa palabra tan castellana: hidalgo.

Hidalgo viene de «hijo de algo», fijodalgo en el castellano antiguo. Ese algo eran los bienes de la familia, y la condición pasaba de padres a hijos por linaje. El hidalgo era noble no por lo que hacía, sino por la casa de la que venía, y por eso estaba libre de ciertos tributos. Alonso Quijano tenía poco más que eso: un rocín flaco, una lanza vieja, muchos libros de caballerías y la certeza de ser alguien.

Los cristianos tenemos una hidalguía más alta, y no la heredamos de los abuelos. No somos hijos de algo: somos hijos de Alguien. «Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos» (1 Jn 3,1). San Pablo saca la consecuencia con lógica de notario: «Y si somos hijos, somos también herederos de Dios y coherederos con Cristo» (Rm 8,17). Nuestra herencia es Dios mismo.

El «don», en cambio, no le tocaba: en la España de entonces era para gente de más alcurnia. Alonso Quijano se lo pone él solito cuando decide llamarse don Quijote. Entre nosotros es distinto: decimos «don Carmelo» o «doña Vicky» por cariño y por respeto, sin preguntar por apellidos. Y Cervantes juega con la palabra: de rodillas ante el ventero, el caballero le pide «un don», es decir, un favor. Ese segundo sentido es el nuestro. Nuestro «don» no es un título que uno se pone delante del nombre; es un regalo, porque nadie se hace hijo de Dios por méritos propios. Se nace de nuevo, «del agua y del Espíritu» (Jn 3,5).

Don Quijote era «de la Mancha». El cristiano, en cambio, sale de la pila bautismal sin mancha. Lo dice el rito con una sencillez que conmueve. Al imponer la vestidura blanca, el celebrante le dice al recién bautizado que esa vestidura es signo de su dignidad de cristiano, y le pide: «consérvala sin mancha hasta la vida eterna». Esa es nuestra carta de hidalguía: un vestido blanco y una palabra que nos llama hijos.

Alguien dirá que todo esto suena un poco quijotesco. Y tiene razón. A don Quijote lo tomaron por loco porque veía castillos donde había simples posadas y doncellas en dos mujeres de mala fama, de las que nadie respetaba: la Tolosa y la Molinera. Cuando ellas le ciñeron la espada y le calzaron la espuela, él les pidió que desde entonces se hicieran llamar doña Tolosa y doña Molinera. En esa locura hay algo muy evangélico: trataba con honor a quien nadie honraba.

La diferencia está en que el caballero de la triste figura veía grandezas que no existían. La nobleza del cristiano, en cambio, existe de verdad, aunque todavía no se vea: «Ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin» (1 Jn 3,2). Nuestra dignidad no es un delirio; es una promesa que ya empezó a cumplirse.

Por eso el cristiano puede permitirse una sana locura quijotesca: mirar al vecino, al migrante, al enfermo, al que duerme en la banca de la plaza, y reconocer en cada uno a un hermano. Más todavía: reconocer en él a Cristo. En el bautismo nos revistieron de Cristo; en el pobre, Cristo nos pide que lo vistamos: «Estuve desnudo y me vistieron» (Mt 25,36), «conmigo lo hicieron» (Mt 25,40). Don Quijote llamaba doña a quien nadie llamaba así; el cristiano ve al Rey en el pobre. Los santos lo han vivido sin miedo al ridículo.

Les dejo una propuesta sencilla para esta semana: busquen la fecha de su bautismo. Pregunten a sus papás o a sus padrinos, o pidan la fe de bautismo en la parroquia. Y celébrenla como un cumpleaños, porque lo es.

Así cada uno podrá empezar su propia historia con una frase un poco distinta de la de Cervantes: «En la pila de mi parroquia, de cuyo nombre sí quiero acordarme, nació un hidalgo sin mancha».

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PonenteP. Claudio Campesato