Toda vida es una Semana Santa, con entradas triunfantes, cruces y Resurrección

Toda vida es una Semana Santa, con entradas triunfantes, cruces y Resurrección

La contradictoria realidad de un Jesús que el domingo es recibido por centenares de personas que lo vitorean y reconocen públicamente como Rey y Mesías; para que, cinco días más tarde, todos esos que se animaban a hablar de Él en público, a acompañarlo y festejarlo, lo nieguen, se esconden, lo ignoran, y se callen. Hoy en día, ¿repetimos la misma historia? No sé como será en tu ciudad, pero en la mía y en la inmensa mayoría de las ciudades de mi país (Chile), el Domingo de Ramos es una celebración masiva. No solo es un éxito estadístico para las  parroquias atiborradas de feligreses que hacen todos sus esfuerzos técnicos para recibir a tal cantidad de creyentes, sino que también los vendedores de “ramitos” hacen de las suyas, ofreciendo su producto cual souvenir religioso, imperdible, vital, litúrgicamente obligatorio.

El Domingo de Ramos se invita a que se haga una procesión, desde el lugar donde se bendicen los ramos (generalmente un lugar público) y donde se recuerda la gloriosa y triunfante entrada de Jesús a Jerusalén; hasta el templo, donde se realiza la Eucaristía del domingo en donde se lee la pasión de Cristo. Familias completas acuden a esta fiesta, hasta los niños van y mueven sus ramitos, lo hemos visto, pues la fe, junto con ser una experiencia personal, también es una experiencia cultural, propia de nuestros pueblos, por lo que muchas familias (aunque no vayan a Misa en todo el año) no se pierden ésta, pues es sumamente necesario que una familia católica tenga “el ramito bendecido” en casa.

Pero no es la única procesión de la semana. El Viernes Santo, el día más doloroso del año litúrgico, sin Eucaristía, se apaga la lámpara que todo el resto del año titila junto al Sagrario. Sin fiesta ni alegría, también se invita a realizar una procesión, también por las calles o en un lugar público, (tal como el domingo). Acompañamos el camino del condenado a muerte, del torturado, del humillado. Caminamos sus pasos, intentamos comprender sus dolores y  llenamos el corazón de agradecimiento, de contrición; porque cuesta dimensionar su amor expresado en todo eso que ha experimentado voluntariamente. Pero algo ocurre con la inmensa feligresía que llenaba hasta el último pasillo del templo el domingo. Ya no se ven niños, son pocas las familias, más bien vemos personas solas (en su mayoría adultos mayores) que con mirada solemne, avergonzada, cabizbaja, a paso arrastrado, meditan cada estación con dolor. Dolor por el Señor torturado, dolor por su amor inmerecido, dolor porque la procesión podría ser más grande, dolor por la vergüenza que siente al ver que su pueblo que ha vuelto a negar a su Señor. Yo mismo he sentido ese dolor. Ese nudo en la garganta porque las voces apenas dan para entonar alguna famélica canción, porque al final de la procesión la gente no medita, conversa, se distrae, opina cuál estación es más linda o si el sistema de audio es malo y no se escucha nada. Mucho más escueto es el grupo, si la procesión se hace de noche, en un día frío.

Yo no tengo claro qué es lo que ocurre aquí. Seguro necesitamos que sociólogos y antropólogos que nos expliquen el fenómeno. Quizás se van de vacaciones aprovechando el feriado, quizás el almuerzo rico en pescados y mariscos, más la mezcla con vino blanco tan propia de la “abstinencia” de Viernes Santo en Latinoamérica, dejó a más de algún creyente con pocas energías para caminar. Quizás la programación televisiva cargada a las historias bíblicas, estaba más entretenida que vivir en carne propia esas mismas historias. Quizás escapamos del dolor y de la culpa de sentir que al que van a crucificar está así por causa mía. Quizás sea todo eso o quizás nada de eso.

Artículo originalmente publicado por Catholic link

share

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *