¿Por qué existe la muerte? ¿Dios la creó?

¿Por qué existe la muerte? ¿Dios la creó?

¡Cómo duele la muerte de un ser querido! Nos sentimos desgarrados, divididos, incompletos. Pensamos que es injusta la separación, que todavía lo necesitábamos… ¡que siempre lo necesitaríamos! Y no nos acostumbramos.

Se nos van muriendo poco a poco aquellos a quienes amamos, con quienes compartimos nuestra vida. Se nos van y nos dejan una soledad creciente.

¿Por qué la muerte?

“¿Dios se lo llevó?”

Así nos dicen nuestros amigos para consolar nuestro dolor y entonces surge en nuestro corazón un resentimiento contra Dios.

¡No es cierto! La muerte no es de Dios, no viene de Dios, no entraba en el plan de Dios. Es más; ¡Dios pone remedio a la Muerte! Para eso nos envió a su Hijo amado, Jesucristo, para librarnos de la muerte y darnos la esperanza de la resurrección.

​La muerte entró por el pecado. La muerte es, además, un fenómeno físico natural, propio de nuestro cuerpo que obedece las leyes de nacer, crecer, devenir y morir. Es la triste realidad, y si nos duele la muerte de los demás, ¡morir nosotros mismos nos aterra!La Fe, consuelo a nuestro dolor

No morimos. Si bien tuvimos principio y alguno vez comenzamos a vivir, nuestro espíritu creado por Dios es inmortal. El cuerpo muere, el espíritu permanece en espera del día de la resurrección en el que volveremos a estar integrados cuerpo y alma.

Resulta, pues, que somos peregrinos en este valle de lágrimas y caminamos siempre hacia la verdadera vida. Hoy merecemos, labramos nuestro futuro; el mañana es la verdadera vida y no tendrá fin.

​La Iglesia celebra la muerte de los santos porque es un verdadero nacimiento a la vida eterna. Si tuviéramos fe, aunque fuera una fe chiquita como la semilla de mostaza de la que nos habló Jesús, la muerte sería una buena noticia. Sería, sí, un paso amargo, porque siempre la muerte será un mal, pero que una vez dado nos hace llegar a la plenitud de la felicidad.

Creemos en el cielo. Si tuviéramos aunque fuera una fe chiquitita, comprenderíamos que nuestros seres queridos han llegado a la tierra prometida y nos alegraríamos por ellos, aunque siguiéramos llorando su ausencia.

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