Perdonadme hijos, me he equivocado y os he hecho daño

Perdonadme hijos, me he equivocado y os he hecho daño

Ojalá tuviera una explicación racional para mi comportamiento de aquella mañana.

Resultaría fácil culpar al pequeño, que interrumpía mi sueño constantemente por culpa de sus incipientes dientecillos, o al hecho de que, al abrir mi correo electrónico, cayera en la cuenta de que había pasado por alto un encargo urgente de mi supervisor; o podría culpar al irritante dolor de cabeza que llevaba soportando unos cuantos días. Pero ese tipo de cosas son meros incidentes rutinarios dentro de mis caóticas mañanas.

Así que no hay explicación racional para justificar que, por la nimiedad de un vaso de leche derramado, no fueran lágrimas de cansancio las que me inundaran, lo que me inundó fue la furia.

Sin previo aviso, descargué mi ira contra cualquiera y cualquier cosa que se cruzara en mi camino. Se podría esperar que la visión de mis hijos encogidos por el miedo pudiera haber disipado mi furia, pero de hecho la colmó de satisfacción. Disfruté con el control y el abandono de la paciencia, de la comprensión, de la tolerancia.

Cuando por fin me calmé, exhausta, contemplé a mi alrededor los restos de mi arrebato. Ocho ojos me observaban, todos llenos de temor y lágrimas. Yo estaba impertérrita.

Es ira justificada, pensé. Pues sí, niños; acabáis de ver un episodio de ira justificada.

Pero a medida que continuaba el día, yo no borrar de mi mente las expresiones en sus caras.

Esa noche, tumbada en la cama, hice examen de conciencia e intenté, sin éxito, encontrar una explicación razonable al incidente. Todavía podía encontrar excusas para mi arrebato, incluso como si hubiera sido arrastrara irremediablemente de mi propia consciencia. Pero a decir verdad, el catalizador de mi descontrol no fueron mis hijos. Fue mi propia indiferencia ante la leche que se derramaba.

Sabía que me había equivocado. Nunca me habría atrevido a hablar de aquella forma a ningún adulto. La verdad, nunca lo he hecho. Diría más, si hubiera perdido los papeles de aquella forma con un amigo o, ya puestos, incluso con un extraño, me habría disculpado de inmediato. Además, en un caso como este, donde mi transgresión era tan extrema, mis disculpas habrían venido acompañadas de flores o de una tarjetita de regalo.

¿Por qué fue diferente con mis hijos entonces? ¿Es que mi pecado hacia ellos no era igual de malo que hacia cualquier otra persona? Aún más, ¿no era peor? Dios había depositado en mí su confianza para que yo amara, cuidara, criara y formara a estos pequeños seres humanos para que se convirtieran en individuos amables y fieles.

Puf… pero ¿quién querría disculparse con un niño?

Y en cualquier caso, para compensar, les preparé sus platos preferidos para comer durante todo el día, así que estoy segura de que captaron el mensaje de que lo sentía mucho y estaba todo olvidado.

Pero el hecho sigue ahí: exigir a mis hijos que pidan perdón cuando hacen algo mal no tiene ningún sentido si yo no soy capaz de brindarles la misma disculpa cuando les hago daño.

Mis hijos saben que voy a confesarme normalmente. Comprenden que lo hago porque he obrado mal y necesito pedir a Dios que me perdone. Nos han visto a mi marido a mí discutir, reconciliarnos y pedirnos perdón mutuamente.

Al no ser capaz de extenderles esta misma experiencia de reconciliación, ¿qué tipo de mensaje le estoy transmitiendo a mis hijos?

Debe haber reparación tras el pecado, para todos los pecados, sin importar quién haya sido el perjudicado. Y este sencillo mensaje reitera la doctrina fundamental de la Cristiandad: que todos somos los hijos y las hijas de Dios y merecemos dignidad y respeto.

Así que llamé a mis hijos y, uno a uno, les pedí perdón. Les expliqué qué hice mal, por qué estuvo mal y les prometí intentar con todas mis fuerzas no volver a hacerlo más.

Mientras que los dos mayores me perdonaron al instante y con entusiasmo, fue un poco más difícil leer la expresión de los más pequeños. Por lo pronto, supongo que tendré que asumir que, en lenguaje bebé, un tirón de orejas significa “Acepto tus disculpas”. Supongo también que la ofrenda de mi hijo de tres años de pasar un rato con su valiosísimo muñeco de Obi-wan Kenobi era su forma de decirme que todo estaba perdonado.

Y en ese momento, con la leche a salvo en el frigorífico, todo en el mundo fue perfecto.

Artículo originalmente publicado por: Aleteia

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