Nueve claves para aprender a perdonarse en la familia

Nueve claves para aprender a perdonarse en la familia

Sin perdón no hay familia que se mantenga en pie. Pero si no se perdona bien, es un arma de doble filo que puede aumentar el problema

El perdón es una de las claves estratégicas para la salvación de las familias. Por lo tanto, es importante aprender los idiomas y los caminos de la reconciliación para poder no sólo perdonar sino también pedir perdón.

PRIMERO PERDÓNATE A TI MISMO

No es el más obvio, ni el más fácil. Pero amarse a sí mismo es un mandamiento, y no hay amor sin perdón. Pensamos en esto cuando se trata del amor de Dios y de nuestros hermanos y hermanas, pero a menudo lo olvidamos cuando se trata de nosotros mismos.

Demasiado a menudo nos preocupamos por los arrepentimientos y los remordimientos: nos culpamos por no haber estado a la altura, por haber roto nuestra palabra o por haber cometido un error, ¡incluso un error con graves consecuencias!

Si nuestro pasado nos impide vivir en paz, ser plenamente nosotros mismos, es una señal de que tenemos que perdonar: a nosotros mismos, a los demás.

NO CONFUNDAS EL PERDÓN CON EL OLVIDO

El proceso de perdón no consiste en negar la herida, en mantenerla enterrada tan profundo como sea posible. Al contrario: el camino del perdón es ante todo un camino de verdad, por lo tanto de descubrimiento.

Para poder perdonar, primero hay que darse cuenta de que uno ha sido ofendido, ver y nombrar el delito, ya seas el autor o la víctima.

NO INSTRUMENTALIZAR EL PERDÓN

El perdón puede servir para aplastar al otro, para manipularlo, para convertirlo en un doble deudor: «No sólo eres culpable de haberme ofendido, sino que también me debes gratitud, ya que, en mi gran bondad, te perdono».

Este pseudo-perdón, en oposición a una actitud verdaderamente misericordiosa, está completamente distorsionado porque no está dictado por el amor, sino por el orgullo o la maldad.

PURIFICAR TUS INTENCIONES

¿Cómo se distingue un pseudo-perdón de un perdón genuino? Hay varios criterios de valoración posibles.

Por ejemplo, uno debe hacerse las preguntas correctas: «¿Estoy listo para pedir perdón primero?»; «¿Mi perdón tiene como objetivo hacer crecer a la otra persona, especialmente en autoestima?», «¿Estoy dispuesto a perdonarlo antes de que me haya pedido perdón?»; «¿Soy capaz de perdonarlo sin decir nada, si mi perdón corre el riesgo de humillarlo?», «¿Estoy dispuesto a esperar el tiempo que tomará – sabiendo que este tiempo puede no llegar nunca – para manifestar ese perdón?»

NO SEAS DESCONFIADO DEL PERDÓN GENUINO

Lo que es peligroso no es perdonar, sino ¡el no hacerlo! Cuidémonos de las apariencias, pues nada se parece más al perdón (o a la bondad, o a la santidad) que su opuesto.

Aparentar el perdón sin darlo representaría una gran falta de vergüenza, mientras que el perdón genuino (ya sea pedido o dado) puede manifestarse de mil maneras, aparte de las palabras.

PERDONAR CON PALABRAS Y/O CON ACTOS

Pedir perdón, conceder perdón, a veces es obvio, pero es mucho mejor cuando lo dices en voz alta.  Abrir la boca para decir «te pido perdón» o «te perdono» es un signo de la apertura del corazón. Por supuesto, el perdón puede comunicarse de otras formas: un beso, por ejemplo.

El amor—cuando es el amor el que inspira el perdón—encuentra las formas que te permiten expresarte, respetando la modestia y la sensibilidad del otro. Una sonrisa, un gesto de afecto, una palabra amable pueden ser signos muy claros del perdón, aunque no siempre sustituyen a las palabras.

EL PERDÓN LLEVA TIEMPO (ENSEÑAR A LOS NIÑOS A PERDONAR REQUIERE PACIENCIA)

Este puede ser un proceso largo: los padres deben saber cómo ayudar a sus hijos en este camino, sin apresurarse ni desanimarse. A los «ofendidos» les cuesta mucho más pasar la página que a los «ofensores».

Es importante respetar el ritmo de cada uno: lo principal no es que sean rápidos para perdonar, sino que sean sinceros. A los «ofensores» les resultará más difícil ver la gravedad del delito: hay que ayudarles a mirar al pasado para que se den cuenta de la verdadera importancia de las lesiones que se han causado o sufrido.

Al final, no deberíamos alegrarnos demasiado rápido por el hecho de que aparentemente hayan olvidado todo. Olvidar no es perdonar.

PERDONAR A TIEMPO Y A DESTIEMPO

«Es demasiado tarde» es una mentira de Satanás. Él es el que afirma que nuestros dramas son desesperados, nuestras elecciones irremediables, y que ciertas cosas no pueden perdonarse nunca. Y caemos en sus mentiras, porque el amor incondicional de Dios parece demasiado bueno para ser verdad. No creemos realmente que «por Dios, todo es posible».

SUPLICAR AL ESPÍRITU SANTO

El perdón ayuda a la memoria a sanarse al establecer un estado de paz. El recuerdo de la ofensa sufrida se convierte lo que era un camino de muerte y maldición en un camino de vida y bendición. El perdón es, en verdad, la resurrección: el paso de la muerte a la vida.

Este paso—del Jesús resucitado que nos pidió que perdonáramos «setenta veces siete» (Mt 18, 22), es decir, sin fin—nos hace capaces de ello. No tengamos miedo de pedir al Espíritu Santo que nos recuerde todas las ofensas que tenemos que perdonar.

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