Misericordia hasta el último momento

Misericordia hasta el último momento

Dios nos acompaña en nuestra vida desde que nacemos hasta el momento de partir a su morada. Y es que a partir de que somos recibidos como un nuevo miembro en nuestra familia, inician los preparativos para celebrar el Sacramento del bautismo, a través del cual pasamos a formar parte del cuerpo místico de Cristo, de su Iglesia.

Es Dios el que nos da un gran regalo: La Vida. La que compartimos en primer lugar con nuestros padres. Hermoso regalo. Son quienes hacen el papel de maestros de la vida, quienes día a día con sus enseñanzas van enderezando el sendero de los hijos. La Familia Iglesia doméstica, pone en nuestras manos el sabor de la vida, nos introducen en el conocimiento de Dios y su Amor. Enseguida con el desarrollo de nuestra persona, comenzamos a involucrarnos con más familiares y amigos que sin duda también juegan un papel muy importante para encontrar a Dios y saborear cada momento, cada instante de la existencia.

Saber que somos peregrinos en la vida, es saber que cada día tenemos el compromiso de ser auténticos. Es comprometernos con nosotros mismos y con los demás a dejar una huella de bondad en la sociedad, en la casa común, así la ha llamado el Papa Francisco. El sabernos peregrinos, también nos invita a hacer conciencia de que nada en esta vida nos llevamos, sólo la satisfacción de haber luchado por un mundo mejor.

Hoy, alguien está agonizando, alguien está muriendo. Un padre de familia, una hermana, un amigo, algún conocido. Y con signos de solidaridad, la familia esta unida, los vecinos y los amigos consuelan a la familia y sienten la perdida de aquella persona especial. Y se cumple con lo establecido, dar una digna sepultura a los muerto.

Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal que posee una fuerte dimensión espiritual porque implica, necesariamente, el acto de rezar por los difuntos. Desde esta perspectiva, nos sentimos interpelados a reflexionar, además, sobre la muerte y sobre el sentido de la vida (cf. Benedicto XVI, Spe Salvi, n. 6).

La Iglesia nos ofrece la oportunidad de enterrar a los muertos en un Cementerio o Campo Santo. De esta forma, el cementerio es tierra bendecida y consagrada a Dios, es un lugar apto para orar por aquellas personas que nos han precedido en el encuentro definitivo con el Señor.

Para los cristianos, la obra de sepultar a los difuntos es un evento que manifiesta con lucidez el sentido profundo de la muerte. Cristo se enfrenta con la “vieja enemiga” del género humano y triunfa sobre ella. La muerte retrocede ante Aquél que es «la resurrección y la vida» (Jn 11,25). A partir del gran acontecimiento de la Resurrección la relación entre los hombres y la muerte cambió. Quien cree en Cristo no tiene que temer a la muerte porque aunque muera vivirá (cf. Ibid). Esa es la ganancia que nos ofrece la fe (cf. Leon-Dufour, voz «muerte», en Vocabulario de teología bíblica).

En conclusión, la obra de enterrar a los muertos nos hace pensar con firmeza, a los cristianos, que poseemos un futuro. Nuestra vida, en su conjunto, no se acaba en el vacío y en la nada. Como dice el Papa Emérito Benedicto XVI: «sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente» (Spe Salvi, n. 2).

Elaborado con la participación de: es.catholic.net

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