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Una sencilla pero potente oración a la Providencia

Una sencilla pero potente oración a la Providencia

Cargada de confianza en el Dios que provee lo que sus hijos necesitan, esta sencilla oración a la Providencia la rezan cada día las hijas espirituales de la beata canadiense Emilia Gamelin. 

Las Hermanas de la Providencia iniciaron la tradición de elevar esta súplica al mediodía y por la tarde durante la Segunda Guerra Mundial, según recoge su Petit Journal de la Providence del año de 1942. 

Desde entonces, ellas la rezan cada día convencidas de que “cuanto más repitamos estas hermosas invocaciones con fe y amor, más sentiremos una sensación de profunda seguridad, pensando que estamos en las manos de la Divina Providencia, que vela por nosotros con especial atención”.

Cualquiera puede rezarla, por alguna intención concreta o como simple alabanza ante la generosidad divina.

Oración

Providencia de Dios, creo en ti,
Providencia de Dios, espero en ti,
Providencia de Dios, yo te amo con el corazón:
Providencia de Dios, muchas gracias te doy. 

 

Las Hermanas de la Providencia recurren diariamente con esta oración al Padre del cielo, confiando que “bajo su protección poderosa y amorosa, todo lo que nos sucede solo puede ser para la gloria de Dios y para nuestro mayor bien”.

Descubrir la Providencia de Dios, confiar en lo que se recibe de Él en cada momento y agradecerlo da paz y fecundidad. Lo experimentó la beata canadiense Emilia Gamelin desde el inicio de su vida, y lo enseñó con su ejemplo y con palabras llenas de sabiduría.

Emilia Gamelin

El lugar de la ciudad de Montreal donde Emilia pasó sus primeros años de vida se llamaba Tierra Providencia. 

Ella era la última de los 15 hijos de sus padres, que vivían modestamente y siempre ayudaban a los pobres.

Emilia sufrió duelos desde su infancia. A los 4 años perdió a su madre; a los 14, a su padre, y 9 de sus hermanos murieron de pequeños. 

Adoptada por una tía suya, estudió en el Colegio de las Hermanas de la Congregación Notre-Dame.

Con solo 18 años decidió ir a ayudar a un hermano suyo que había quedado viudo. Y más tarde a una prima enferma en Quebec. 

Cuando tenía 23 años, se casó con un agricultor 27 años mayor que ella, Jean-Baptiste Gamelin. 

Con él disfrutó 4 años de matrimonio, la procreación de tres hijos y un cariño especial por los pobres. 

La Providencia y la Virgen de los Dolores

Sus niños y su marido murieron muy pronto. Emilia los perdió en menos de cinco años. Siguiendo el consejo de un sacerdote, acudió a la Virgen de los Dolores y en ella encontró fuerza.

Se sintió llamada a mostrar su confianza en la Providencia y a seguir atendiendo a los necesitados. Y al hacerlo, encontró alivio para su propio sufrimiento, un sentido y esperanza.

Antes de morir, su marido le había pedido a Emilia que, como recuerdo de su amor, cuidara a un adolescente con discapacidad intelectual al que él había atendido desde que el chico le salvó la vida.

Emilia decidió compartir techo con él y también acogió en su casa a la madre del joven. Puso todos sus bienes al servicio de ancianos, enfermos y huérfanos e hizo un voto privado a Dios para hacerse sierva de los pobres.

El obispo de Montreal Ignace Bourget trató de apoyarla e invitó a unas Hermanas de la Caridad de Francia a continuar su obra. 

Pero finalmente no llegaron las religiosas, así que juntos fundaron una comunidad de hermanas canadienses, en el año 1843.

Después de su noviciado, Emilia fue la primera en hacer profesión y a sus 44 años se convirtió en la primera superiora de la congregación. 

Vivió 7 años su vida religiosa hasta su muerte, el 23 de septiembre de 1851. Sus últimas palabras a sus hermanas fueron: “Humildad, sencillez, cari…”. 

Emilia dejó un potente testimonio y varios escritos que siguen inspirando santidad.

 

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