Saltar al contenido
Inicio Actualidad Publicación
Actualidad

El oído es el ojo del alma

El oído es el ojo del alma

Santa María de Vezzolano (Albugnano, Piamonte, Italia). Luneta del portal: la Virgen coronada en su trono; la paloma del Espíritu Santo se acerca a su oído derecho. Foto: Faberh.

Hace unos días, al recibir en el Vaticano a artistas y curadores, el papa León XIV recordó el lema del Pabellón de la Santa Sede en la Bienal de Venecia de este año, inspirado en santa Hildegarda de Bingen: «El oído es el ojo del alma». En el mismo discurso advirtió que el gran peligro de nuestro tiempo no es solo el silencio impuesto, «sino el ruido que hace imposible escuchar».

Basta mirar un día cualquiera. Música en el camión, avisos en el celular, la televisión encendida, aunque nadie la vea. Oímos mucho y escuchamos poco. Y sin embargo, para la fe cristiana, el oído es la puerta que Dios eligió para entrar en el mundo.

En las colinas del Piamonte, al norte de Italia, hay una pequeña iglesia románica dedicada a la

Virgen: Santa María de Vezzolano. Sobre la puerta de entrada, un escultor medieval representó la

Anunciación. María está sentada en su trono; a un lado, el ángel Gabriel le trae el mensaje, y el Espíritu Santo, en forma de paloma, se acerca a su oído derecho, como quien tiene algo importante que decir.

Esa piedra pone en imagen lo que la tradición contempló en aquel momento. El ángel trae una palabra; María la escucha, la medita y responde: «Hágase en mí según tu palabra». Y la Palabra se hace carne en ella. Un antiguo himno mariano, tradicionalmente atribuido a Venancio Fortunato, lo canta con una audacia que todavía sorprende: los siglos se asombran de que la Virgen conciba por el oído y, creyendo con el corazón, dé a luz.

San Agustín lo dijo de otro modo: María concibió a Cristo «antes en su espíritu que en su seno».

Primero creyó, y después fue madre. Su maternidad nació de una escucha que se volvió fe.

También san Benito, al comenzar su Regla, invitaba a cada monje: «Inclina el oído de tu corazón». Hay un oído que capta sonidos y otro que acoge lo que se le dice y lo deja echar raíces. La imagen de Vezzolano invita a pensar en ese oído del corazón.

San Pablo escribe dos frases que conviene leer juntas. En la carta a los Romanos dice que «con el corazón se cree» (Rm 10,10) y, pocas líneas después, que la fe nace de lo que se escucha (Rm 10,17). Nadie se ha dado la fe a sí mismo. Alguien nos habló: una abuela que rezaba en voz alta, un catequista paciente, un sacerdote en la homilía de un domingo cualquiera. Esa palabra llegó al oído, bajó al corazón y empezó a dar fruto.

Por eso el ruido es tan dañino: nos deja sin oído para lo que de verdad importa. Un poco de silencio en la oración, en la Misa o en casa le deja sitio a la Palabra. Lo que sucedió en María puede sucedernos también a nosotros, a nuestra medida.

El oído es el ojo del alma. Por él entra la Palabra que, acogida en el corazón, empieza a transformar la vida.

Pes Allegoricus · pesallegoricus.com

 

Para profundizar

Categorías
PonenteP. Claudio Campesato