La pregunta que deberías hacer a quien está sufriendo

La pregunta que deberías hacer a quien está sufriendo

Hace unas semanas, leí un artículo en el Chicago Tribune sobre el cáncer; más concretamente, sobre cómo deberíamos dejar de usar términos militares cuando hablamos de él. Me encantó leer el artículo porque es un fenómeno del que me he percatado ya hace años y que me parece preocupante.

La autora, Mary Wisniewski, escribía sobre cómo la respuesta pública estadounidense al diagnóstico de glioblastoma del político republicano John McCain se centra en lo duro y valiente que es este senador. En el artículo, Wisniewski explica que su hija mayor acaba de morir a causa de ese mismo cáncer, a pesar de ser dura y valiente, y luego se lamenta de la manera en que hablamos del cáncer.

Odio cómo a veces se habla del cáncer en términos militares, como si las personas que tienen personalidades fuertes y determinación pudieran “ganar”. No es ese tipo de guerra. No eres más virtuoso si sobrevives a un cáncer y tampoco eres débil en caso contrario.

¿Por qué hacemos esto? ¿Por qué imaginamos el cáncer como una batalla que los mejores pacientes pueden ganar?

Wisniewski plantea la hipótesis de que cuando las personas oyen hablar de un diagnóstico de cáncer, no saben qué decir en realidad y tratan de expresar ánimo. Creo que tiene parte de verdad, pero yo creo que la cuestión va mucho más hondo. Creo que nuestra respuesta al cáncer es en gran medida como nuestra respuesta a cualquier tragedia: nuestra empatía no trasciende nuestro temor devastador y primario a sufrir el mismo destino.

Puedes ver cómo sucede esto sobre todo en Internet, cuando la gente afronta noticias de alguna tragedia: algunos rezan, ofrecen sus condolencias o preguntan cómo podrían ayudar, pero muchas personas diseccionan los acontecimientos o acciones que condujeron hasta la tragedia y encuentran ese error fatal que podría haber evitado la crisis, o incluso una razón para culpar a quienes sufren su propio destino.

Es algo que sucedía a principios del pasado septiembre en respuesta a los apuros de Houston por el huracán Harvey: la mitad de los artículos alababan a los héroes espontáneos y la otra mitad culpaba a los ciudadanos de Houston (o su gobierno) por no evacuar. “¿Sabes? Todo podría haberse evitado si hubieran hecho esto o eso o aquello otro”.

La forma en que las personas responden al cáncer es prácticamente la misma. De hecho, son dos caras de la misma moneda. En vez de encontrar motivos, animan al que sufre a luchar duro y no rendirse. Es un pensamiento tranquilizante, ¿no? Que la fuerza de voluntad por sí sola pudiera salvarnos del cáncer. Pero no es cierto.

La verdad es que nuestro temor primario es en realidad bastante razonable. Sabemos que hay cosas malas que suceden a personas buenas; sabemos que pasan sin aviso ni indulto y que nada podría haber cambiado el resultado. Pero si de verdad nos permitiéramos creer eso, probablemente estaríamos demasiado paralizados por el miedo como para salir de casa. Así que racionalizamos y nos apaciguamos diciéndonos que no nos pasará a nosotros, porque sabemos hacerlo mejor o luchamos con más fuerza.

Rechazar la posibilidad de nuestro propio sufrimiento es una respuesta totalmente comprensible ante el sufrimiento. El problema es que cuando negamos la posibilidad de nuestro propio sufrir, también rechazamos a aquellos que sufren. Según dijo el papa Benedicto XVI en Spe Salviesta es una señal de “una sociedad cruel e inhumana”.

Y es que aceptar al “otro” que sufre significa que acepto su sufrimiento de modo tal que se convierte también en el mío. Sin embargo, porque entonces se ha convertido en un sufrimiento compartido en el que otra persona está presente, este sufrimiento se ve inundado por la luz del amor.

En vez de tratar de animar a los que sufren, ya sea por un cáncer o una inundación o un duelo, deberíamos intentar buscar una manera de sufrir con ellos. “¿Cómo puedo ayudarte?” es una buena pregunta, pero otra mejor es “¿Cómo puedo ayudarte a soportar esta carga? ¿Cómo puedo mostrarte que no sufres en soledad?”.

Es una respuesta difícil, mucho más difícil. Y también mucho mejor y más humana.

Fuente: Aleteia

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