Liturgia, lugar de encuentro entre Arte y Teología

Liturgia, lugar de encuentro entre Arte y Teología

 

Eso es la Liturgia, según la ponencia del Pbro. Dr. Manuel Fernando Sedano López.

La liturgia como acción teándrica, por cuyo medio se ejerce la obra de nuestra redención; como afirma la Sacrosanctum Concilium (SC) contribuye a la comprensión del misterio “per ritus et preces” en lo que respecta a la mediación sacramental. La finalidad primera de dicha obra, consiste en lograr que los fieles expresen y manifiesten el misterio de Cristo y de la Iglesia de ser a su vez humana y divina, visible e invisible, activa y contemplativa, de tal forma que lo humano se subordine a lo divino, lo estable se convierte en peregrino y así, pregustando y participando de la liturgia terrena, podamos desde aquí y ahora, degustar de aquello que nos aguarda en la liturgia del Cielo.

La liturgia predica a Cristo y presenta la Iglesia como signo levantado en medio de las naciones (SC 2) mediante un lenguaje; “ritual y verbal” que expresa y se expresa teológica y antropológicamente: por signos sensibles (SC 7); textos y ritos (SC 21); oraciones y cosas (SC 59) que toman vida y resplandecen en el tiempo y en el espacio. Lugares simbólico-concretos que se iluminan iconográficamente para hacer memoria y contextualizar lo que recordamos, actualizamos y pregustamos.

La liturgia es el lugar de encuentro entre el arte y la teología, es donde se expresa lo humano y lo divino; lo material, artístico y trascendente; lo uno, lo bueno, lo verdadero y lo bello, que desde la noble simplicidad y la majestuosidad de lo sagrado se encarna y se expresa a través de la materialidad de lo sensible, la corporeidad de lo actuante y lo simbólico de lo significante. […]

El doble movimiento de la liturgia como glorificación de Dios en el tiempo y en el espacio y la santificación del hombre mediante ritos y oraciones durante el programa celebrativo ritual que se prolonga paraclécticamente mediante la acción del espíritu por la acción sacramental in fieri, constituyen por así decirlo; la esencia misma de la liturgia. Ámbito lógico de la lengua y del oído, palabra leída y escuchada, cantada y meditada; que aunándose a la trascendencia de la vista que deriva de la naturaleza encarnada de un Dios que se hace visible, se abre a una cinética grandiosa que se expresa también en gestos, posturas y movimientos.

En el espacio y en el tiempo sagrado, el ingenio humano se expresa con arte y belleza. La Palabra divina toma vida y se encarna sacramentalmente accedit verbum in elementum et fit sacramentum. La iconología se revela iconográficamente y los movimientos se iluminan a la par que favorecen, el admirabile comercium, entre lo humano y lo divino, lo terreno y lo trascendente.

Las bellas artes por su propia naturaleza, se relacionan con la infinita belleza de Dios. El arte sacro como cumbre del arte religioso contribuye sobremanera para su alabanza y gloria. El noble servicio de dichas artes, hizo que la Iglesia se abriera a todas las artes y estilos, siempre y cuando no contradijeran sus principios y sí favorecieran la acción litúrgica y la participación de todos los que celebran.

Comprender y distinguir de manera puntual, la función del arte sacro como culmen del arte religioso que ha ocupado un lugar muy especial en la historia de nuestra Iglesia, como queda expresado en el capítulo octavo de nuestra constitución, nos impulsa a clarificar que, el arte es uno y por ello no se debería adjetivar; sin embargo, para una mejor comprensión de nuestro cometido, nos es lícito distinguir entre arte pagano y arte cristiano. Pagano, el que no tiene relación con la revelación cristiana pero que contiene una dimensión religiosa que expresa trascendencia humana y espiritual a través de mediaciones cultuales o rituales; Cristiano, el que se expresa en el ámbito de la fe revelada en un Dios único y personal que se ha hecho hombre y paternal y providencialmente mediante su amor generando actitudes de piedad, alabanza, agradecimiento, confianza y comunión.

Hablar del arte sacro cristiano, haciendo referencia a las múltiples manifestaciones de expresión de la belleza o formas artísticas que producen gozo a los sentidos preferentemente de la vista y del oído, tales como la geometría arquitectónica, la escultura del bajo relieve o la tridimensional, los claroscuros de la superficie plano-pictográfica en sus diferentes modalidades (fresco, óleo, vitral, mosaico, grabado etc.); así como, el combinar del silencio con la palabra (literatura), con el ritmo (música), o con el cuerpo en movimiento (kinesis); es aprovechar la manifestación propia del hombre que se expresa y es acogido mediante el misterio de la encarnación para conectarse fenomenológicamente con lo divino y trascendente.

El tesoro artístico que la Iglesia ha venido acumulando, custodiando restaurando y promoviendo a través de los siglos como testimonio de las diferentes épocas cultuales y culturales de su propia historia, es el que llamamos arte sacro cristiano. Litúrgico, cuando se plasmó o desarrolló dentro del espacio celebrativo ritual, que al unirse con la acción litúrgico sacramental, expresó y acompañó con grande delicadeza: la oración y solemnidad de los ritos sagrados según las características propias del momento. Basta enunciar por ejemplo: el arte litúrgico de estilo románico cuyos testimonios encontramos en las basílicas con sus columnas y naves; el gótico, sobrecargado de ornamentación escultórica y la epifanía de la luz en sus vitrales; el renacentista, con su nueva concepción del hombre, el universo y la apertura al mundo; el barroco, como expresión de triunfo en el momento de la contra reforma cubriendo todos los espacios vacíos con simbolismos e imágenes; el neoclásico, que expresa la medida, la proporción y la sobriedad en contraste con lo anterior al igual que el neogótico, por su cercanía con el romanticismo, etc.

Las plantas arquitectónicas de los edificios expresan la naturaleza de los mismos: la verticalidad, la interacción entre el cielo y la tierra; la longitud y el ábside, el camino y la infinitud; la montaña sagrada, el lugar del encuentro; las columnas, los pilares fundamentales de la Iglesia; el arte figurativo del paleocristiano, lo que se realizaba en aquellos lugares; el bizantino, el florecer de las imágenes sagradas; el románico, sus programas escultóricos y decorativos; el gótico, sus vitrales celebrativos y devocionales; el renacentista, sus programas catequético-narrativos; el barroco, su ornamentación natural y elíptica de la lógica divina; el neoclásico, la mezcla de sus estilos; el romanticismo, los programas iconográfico-narrativos con los claro obscuros del espíritu; el ecléctico o libre, asimilando y proponiendo la cultura y sensibilidad religiosa de cada pueblo; el moderno, el equilibrio entre lo funcional y verdadero; el contemporáneo o posmoderno, aunque libre, su retorno a la mistagogia y poniéndose al servicio de los programas celebrativo- rituales que se desarrollan dentro del espacio sagrado y los lugares litúrgicos. […]

La iglesia-edificio es la expresión del misterio, la torre del campanario el dedo que apunta a la eternidad recordando nuestro principio y finalidad. Es el lugar donde nos reunimos como comunidad viva y espiritual. Somos la piedra hecha edificio y la teología arquitectura, testimonio de comunión y participación; piedras vivas hechas construcción. […]

Llamamos aula litúrgica o edificio sagrado a las dimensiones espacio temporales en las que ayer como hoy, se sigue haciendo presente el evento salvífico como portador de salvación mediante un programa ritual celebrativo; por eso, la expresión edificio de la Iglesia, evoca las casas, los caminos, las cimas de las colinas, los campos, las zonas desérticas y las riveras de los lagos donde Cristo se hacía presente con sus discípulos o donde ellos tuvieron experiencia de su presencia y que como entonces estaba presente.

Las formas artísticas y arquitectónicas no aparecen por sí solas, son el reflejo de una teología y una praxis, pues la acción celebrativa de la comunidad,  así como el arte y la arquitectura al servicio de la Liturgia fuera de este contexto, no son más que piezas de un museo que hablan de una historia de fe donde la comunidad cristiana escuchó, alabó y sirvió a Dios en su tiempo y en sus circunstancias.

El arte y la arquitectura para la liturgia nace y se desarrolla en el espacio sagrado a la vez que refleja la acción celebrativa vivencial de la Iglesia a través de los misterios y la espiritualidad del artista que los acoge con absoluta sensibilidad y los hace visibles. La producción artística testimonia la dimensión religiosa de cada tiempo y cada lugar por lo que el extraordinario patrimonio artístico y arquitectónico de un pueblo deriva en gran parte de la relación entre el mundo de la fe y el del arte.

El gran aporte del artista en lo que refiere a la obra de arte, sin quitarle mérito a su conocimiento y capacidad como arquitecto, pintor, escultor, músico etc., no siempre posee los elementos fundamentales para poder plasmar la dimensión teológico-litúrgica de la obra, lo cual puede llevarlo a la ejecución de una obra artística y de gran renombre pero poco apta para el contexto litúrgico en el que sea colocada. De aquí que a lo largo de los años, la relación entre Iglesia y arte no siempre fue pacífica, pues en los inicios del siglo pasado, prácticamente quedó interrumpida ante la petición de los artistas que exigían la autonomía absoluta en sus formas de expresarse sin ligamen alguno con los valores, creencias, tradiciones e instituciones, pero que gracias a la necesidad de reconstruir las iglesias después del segundo conflicto bélico especialmente en Europa y la de proyectar nuevos edificios en el período de expansión urbanística de las ciudades de todo el mundo, trajo como consecuencia la búsqueda de un camino de conciliación entre ambos. […]

En el lenguaje litúrgico, adecuar es acomodar sin alterar la naturaleza y finalidad del objeto sagrado; adaptar es alterar la naturaleza del objeto sagrado para una finalidad distinta. En el lenguaje artístico, restaurar es reparar una pieza o tesoro artístico arquitectónico, sin alterar su naturaleza y respetando los materiales originales y finalidad del artista; remodelar es replantear una pieza o tesoro artístico arquitectónico, alterando su naturaleza, materiales de elaboración original y finalidad del artista.

Los sacerdotes, religiosos, laicos y seminaristas no podemos ignorar en nuestros procesos de formación inicial y permanente el estudio del arte o ars celebrandi que redunda en gran parte en el desempeño de nuestro ministerio, la formación de los laicos y equipos litúrgicos, el diálogo con los artistas e instituciones competentes, que muchas veces por la ignorancia de los documentos y la exégesis de los mismos, redundan no solo en el descuido personal o de nuestras celebraciones sino además en el descuido de los libros, objetos y gestos litúrgicos, que poseen una enorme carga connotativa y comunicativa de lo sagrado contenida en los lugares y espacios sagrados  que lejos de favorecer o  apoyar, obstaculizan la acción celebrativa.

La voluntad de la Iglesia en su deseo de retomar y reconciliar el diálogo interrumpido entre arte y liturgia. Papa Paulo VI en pleno desarrollo del Concilio Vaticano II y cinco meses después de haber sido aprobada la Carta magna sobre la Sagrada Liturgia (7/V/1964), en una memorable homilía a los artistas reunidos en la capilla Sixtina decía:

“Necesitamos de ustedes. Nuestro ministerio necesita su colaboración. Porque como saben, nuestro ministerio es predicar y hacer accesible, comprensible y conmovedor el mundo del espíritu, de lo invisible, de lo inefable, de Dios. Y en esta operación que traspasa el mundo invisible a través de fórmulas accesibles e inteligibles, ustedes son maestros. Su profesión, su misión y su arte es justamente aquel de sonsacar los tesoros del cielo y del espíritu para revestirlos de palabra, color, forma y accesibilidad…” “Nosotros los hemos abandonado también, no les hemos explicado nuestras cosas, no los hemos introducido en la celda secreta donde los misterios de Dios hacen brincar el corazón del hombre de alegría, de esperanza, de regocijo, de ebriedad…”.

Y el ocho de diciembre de 1965 en el mensaje de clausura del Concilio el mismo Papa expresaba:

“Si sois los amigos del arte verdadero, vosotros sois nuestros amigos. La Iglesia está aliada desde hace tiempo con vosotros. Vosotros habéis construido y decorado sus templos, celebrado sus dogmas, enriquecido su liturgia. Vosotros habéis ayudado a traducir su divino mensaje en la lengua de las formas y las figuras, convirtiendo en visible el mundo invisible. Hoy, como ayer, la Iglesia os necesita y se vuelve hacia vosotros… No rehuséis el poner vuestro talento al servicio de la verdad divina. No cerréis vuestro espíritu al soplo del Espíritu Santo. Este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza…”. […]

El diálogo entre Iglesia y arte expresado en la disponibilidad de los artistas para trabajar en el ámbito eclesial y de manera concreta al servicio de la liturgia en el espacio sagrado, es una clara manifestación del Espíritu creador que se expresa en la multiplicidad de sus carismas y dones a través de quienes producen música, arte y arquitectura para la  liturgia. Reconocer y valorar los carismas, iniciativas e instituciones existentes; dialogar con simpatía, cultivando las relaciones con los artistas; iniciar la investigación histórica y teológica de los edificios sagrados; cuidar la formación del pueblo de Dios y de los artistas; capacitar a los responsables que habrán de llevar a cabo la responsabilidad de estos trabajos tanto a nivel eclesiástico, litúrgico y artístico, son los presupuestos fundamentales para una verdadera pastoral con los artistas.

El diálogo con los artistas constituye la tarea de convocación a quienes desean hacer arte sagrado o al servicio de la liturgia, mediante el discernimiento, y promoción de quienes ya son artistas y de quienes se sienten motivados por el Espíritu creador a iniciarse en este ministerio. Este es el tiempo y el espacio propicio que se debe dedicar para motivar y formar a los artistas, arquitectos, artesanos, decoradores, modistas, orfebres, músicos, floristas, etc., sin olvidar la formación también de quienes por motivos de trabajo o servicio desempeñan una función cercana durante la celebración de estos grandes misterios, tales como sacristanes, fotógrafos, camarógrafos etc. […]

El artista al servicio de la liturgia, se hace signo, imagen y comunicación no verbal para dejar hablar a la palabra y al misterio  en la fiesta, en el domingo y en toda celebración ritual. La belleza, el sonido, la fragancia, el orden, la expresión, los materiales, el color son la ofrenda y la puerta de acceso que hace ver, oir, recordar y pregustar de las grandes maravillas que ha hecho, hace y nos anticipa el Señor.

El espacio sagrado es el mejor campo donde puede expresarse el arte y la arquitectura, de ahí la necesidad de convocar, formar, impulsar y meter a concurso a músicos, arquitectos, pintores, escultores, modistas, decoradores, floristas expertos del audio, iluminación, climatización etc., a fin que expresen su capacidad, creatividad e iniciativa preparados y orientados oportuna y previamente para ayudar a la Iglesia a ser lo que está llamada a ser “signo y símbolo de la realidad sobrenatural”.

La debilidad del arte sacro en nuestros días consiste en que muchas veces se le ve y contempla solamente como “cultura” o pieza de valor artístico y no según su sentido genuino que la relaciona con el culto, con la palabra, con el misterio, con la presencia o la significación trascendente del hombre en relación con Dios, sino como un producto de consumo, de diseño, de ornato o decoración, que favorece más la contemplación, admiración o escándalo externo respecto a su inversión, que a captar el verdadero misterio que la obra revela y comunica. Esta es la gran paradoja del arte que ha transformado nuestros templos en lugares de espectáculo, emoción estética o museos, descuidando u obscureciendo lo primordial.

Conservar e incrementar los tesoros artísticos de la Iglesia quiere decir hoy, superar la subjetividad y confusión del hombre moderno y contemporáneo, a partir de una adecuada formación y acompañamiento de los artistas profesionales y aficionados del arte; arquitectos, técnicos e ingenieros civiles; modistas, diseñadores, artesanos y demás expertos, que deben ser los primeros destinatarios de la pastoral con los artistas, a través de cursos o semanas de formación además de los seminarios en las escuelas de arte, arquitectura, ciencias religiosas, humanísticas y culturales.

La proyectación de un nuevo edificio o espacio litúrgico no consiste en repetir moldes anteriores o edificios del pasado histórico, ni tampoco ejecutar obras vistas en diferentes contextos geográficos o socio-culturales, o más lamentable aún, traer materiales o elementos poco significativos para la comunidad que debiera edificar con lo que les es propio, como imagen de la casa que el pueblo ofrece a su Dios para encontrarse con él y a quienes ha convocado. Cada pueblo o nación tiene sus artistas y artesanos para expresar con sus elementos culturales las grandezas de Dios y sus misterios sin descuidar lo que es fundamental de una Iglesia que peregrina y que es imagen y anticipación de la celestial.

La expresión del edificio sagrado o aula litúrgica, debe ser la respuesta del momento histórico presente que con su manera particular respecto al estilo y forma de expresarse, es capaz de transmitir un mensaje claro y connotativo que además de contextualizar el lugar, favorece la celebración y participación plena, activa y fructuosa de la comunidad.

Arte, teología y liturgia en el espacio que debemos proyectar significa tener clara la eclesiología del Concilio Vaticano II, partir del conocimiento antropológico cultural e histórico concreto de la comunidad o pueblo donde se proyecta el aula litúrgica; conocer valorar y profundizar la primacía de la celebración como lugar litúrgico de encuentro entre palabra y rito, teología y sacramento, arte y arquitectura además del conocimiento y hermenéutica adecuada de la normativa litúrgico-canónica contenida en los prenotandos y demás documentos de la Iglesia.

El programa iconográfico de carácter mistagógico, catequístico, narrativo, celebrativo, devocional o decorativo-ornamental, debe favorecer siempre el misterio que se celebra pues además de recordarlo, actualizarlo, anticiparlo, prolongarlo y celebrarlo, debe ser acorde a la finalidad del espacio o lugar litúrgico para facilitar su comprensión, desenvolvimiento y acción sin obstaculizarlo, ni distraerlo por la sobrecarga de significación.

La iglesia edificio, es el lugar donde acampa o pone su tienda (σκηνόω) el que habita, protege, reside y acompaña a su pueblo; el lugar en donde se hace presente y cubre de gloria a los suyos como símbolo de protección y comunión. El ciborio o baldaquino, es la “huppah”, lugar de la cohabitación simbólica de Cristo con su Iglesia. El altar, es la roca de la casa y piedra firme de la iglesia en la que se sobreedifican las piedras vivas del edificio, (pueblo cultual, asamblea santa, nación consagrada, estirpe sacerdotal), piedra del sacrificio y mesa del banquete fraternal. El ambón, lugar de la tumba vacía donde el ángel anuncia la Resurrección. La sede, lugar de quien preside y es puente entre Dios y los hombres y los hombres con Dios. La pila bautismal, el lugar de la sepultura donde resucitan los nuevos hijos de Dios.

Liturgia, lugar de encuentro entre arte y teología quiere decir hoy, comenzar o retomar una verdadera pastoral con los artistas, que superando nuestras diferencias y desconocimientos, aprovechemos el campo de Dios y del hombre para que delimitando los espacios propios de cada competencia podamos converger en los lineamientos teológico-litúrgicos para una mejor comprensión y vivencia de los misterios.

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