El tiempo pasa… Y ¿qué estamos haciendo con él?

El tiempo pasa… Y ¿qué estamos haciendo con él?

No hay nada más precioso que el tiempo y no hay nada tan menospreciado. Es lo que hacía llorar a san Bernardo: “Nihil pretiosius tempore, sed nihil vilius aestimatur”. Después añadía: “Transeunt dies salutis” – Pasan los días oportunos para aceptar la salvación eterna y nadie reflexiona que los días que pasan son descontados para siempre.

Mira al jugador que pasa los días y las noches jugando. Si le preguntas: “¿Qué estás haciendo?”, responderá: “Estoy pasando el tiempo”. Mira al ocioso que se entretiene horas enteras en las calles, a ver quién pasa, o las desperdicia en conversaciones indecentes o inútiles. Si le preguntaras: “¿Qué estás haciendo?”, te respondería también: “Intento pasar el tiempo”. ¡Pobres ciegos, que desperdician tantos días que no vuelven más!

¡Despreciado tiempo! Tú serás lo que los mundanos desearán más a la hora de la muerte.

Desearán un año más, un mes más, un día más, pero no lo tendrán, y oirán decir: “Tempus non erit amplius” – “No habrá más tiempo”. ¿Cuánto daría entonces cada uno por tener una semana más, un día más, para ajustar mejor las cuentas de la consciencia? Incluso para tener sólo una hora, dice san Lorenzo Justiniano, cada uno daría todos sus bienes. Pero esa hora no le será dada.

Oh Dios mío, te doy gracias por concederme el tiempo para llorar mis pecados y compensar por mi amor las ofensas que te hice. ¿Qué sería de mi alma si me vieran ahora anunciar la llegada de mi muerte?

El sabio nos exhorta a que recordemos a Dios y entremos en su gracia antes que se nos apague la luz: “Memento Creatoris tui antequam tenebrescat sol et lumen” (Ec 12, 1-2). Qué tristeza, para un viajero, ver que se equivocó de camino cuando ha caído la noche y no tiene ya tiempo de reparar el error. Tal será, en la muerte, la pena de quien hubiera vivido muchos años en el mundo sin emplearlos al servicio de Dios.

La consciencia recordará entonces a aquel hombre descuidado el tiempo que tuvo y que empleó en perjuicio de su alma: todas las invitaciones, todas las gracias que recibió de Dios para santificarse y que no quiso aprovechar. Después verá que le faltan los medios para hacer cualquier bien. Exclamará gimiendo: “¡Cómo fui insensato! ¡Oh tiempo perdido! ¡Oh vida perdida! ¡Oh años perdidos, durante los cuales podía haberme santificado y no lo hice! Ahora ya no hay tiempo…”. De qué servirán, sin embargo, estos lamentos y suspiros cuando la escena llegue a su fin, cuando la lámpara esté a punto de apagarse y cuando el mundo esté cerca del momento terrible de que depende la eternidad?

¡Apresúrate, Jesús mío, apresúrate a perdonarme!

¿Qué debo esperar? ¿Esperaré quizá hasta llegar a la cárcel eterna, donde con los condenados tendría que lamentarme eternamente, diciendo “Finita est aestas” – “Terminó el verano”?  Pasó el tiempo y no nos salvamos.

No, Señor mío, no quiero resistir más a tu amorosa invitación. ¿Quién sabe si esta meditación no es el último aviso que me diriges? Oh Bien Soberano, me pesa haberte ofendido y te consagro todo el tiempo de vida que me queda. No quiero causarte más disgustos; quiero amarte siempre. Te prometo que, cada vez que me acuerde de esto, haré un acto de amor para redimir el tiempo perdido. ¡Dame la santa perseverancia!

† Dulce Corazón de María, ¡sed mi salvación!

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San Afonso, en “Meditaciones: Para todos los Días y Fiestas del Año – Tomo II”

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