El sentido de la Madre en la Iglesia

El sentido de la Madre en la Iglesia

Adriana Masotti – Ciudad del Vaticano

En esta Solemnidad, elevamos “nuestro pensamiento a María”. Ella estaba allí, con los Apóstoles, cuando vino el Espíritu Santo, protagonista con la primera Comunidad de la experiencia maravillosa de Pentecostés, y rogamos que obtenga para la Iglesia el ardiente espíritu misionero”. Estas son las palabras que el Papa Francisco pronunció ayer a la hora del Regina Coeli, con los fieles que nuevamente pudieron reunirse en la Plaza de San Pedro, para subrayar el profundo vínculo entre el Espíritu y María, entre la solemnidad de Pentecostés, por lo tanto, y la memoria de hoy de la Bienaventurada Virgen María Madre de la Iglesia. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia y María es su Esposa. La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, María es la Madre de Jesús que él mismo, desde la cruz, confía a Juan, encomendando al mismo tiempo al apóstol a María.

Decreto con el que se instituyó esta memoria litúrgica

La memoria litúrgica que se celebra hoy entró en el calendario romano el 21 de mayo de 2018 por voluntad del Papa Francisco. En el Decreto “Ecclesia Mater” de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, fechado el 11 de febrero de 2018 y dado a conocer el 3 de marzo siguiente, se establece que el conmemoración se celebre el lunes después de Pentecostés con el fin de “incrementar el sentido materno de la Iglesia en los Pastores, en los religiosos y en los fieles, así como la genuina piedad mariana”. Además, se lee en el Decreto:

“Esta celebración nos ayudará a recordar que el crecimiento de la vida cristiana, debe fundamentarse en el misterio de la Cruz, en la ofrenda de Cristo en el banquete eucarístico, y en la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos”

La unión de María con Cristo culmina, de hecho, en la hora de la cruz, cuando María acoge la voluntad de su Hijo y acepta, en cierto modo perdiéndolo, convertirse en Madre de toda la humanidad.

Maternidad de María y maternidad de la Iglesia

Recordamos que el Papa Francisco dijo el 21 de mayo de 2018 en su homilía de la primera Misa en memoria de la Bienaventurada Virgen María Madre de la Iglesia en la capilla de la Casa de Santa Marta:

“Todas las palabras de la Virgen son las palabras de una madre, desde el momento de la Anunciación hasta el final, es madre”

El Santo Padre explicaba que los Padres de la Iglesia habían entendido que la maternidad de María era la maternidad de la Iglesia. Y destacaba la dimensión femenina de la Iglesia y también la importancia de la mujer:

“Sin la mujer la Iglesia no sigue adelante, porque ella es mujer, y esta actitud de mujer le viene de María, porque Jesús lo quiso así”

En aquella ocasión Francisco señalaba la ternura como esa actitud materna que debe caracterizar a la Iglesia y añadía:

“También un alma, una persona que vive esta pertenencia a la Iglesia, sabiendo que ella también es madre debe ir por el mismo camino: una persona afable, tierna, sonriente, llena de amor”

Si el título de María Madre de la Iglesia tiene sus raíces en los primeros tiempos del cristianismo y ya está presente en el pensamiento de San Agustín y San León Magno, en el Credo de Nicea del 325 – y los Padres del Concilio de Éfeso (430) ya habían llamado a María “verdadera madre de Dios” – este título regresa durante el Magisterio de Benedicto XIV y León XIII.

Sin embargo, fue el Papa Pablo VI, al concluir la tercera sesión del Concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964, quien declaró a la Santísima Virgen “Madre de la Iglesia, es decir, de todo el pueblo cristiano, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman la Madre más amorosa”. Más tarde, en 1980, Juan Pablo II insertó la veneración de Nuestra Señora como Madre de la Iglesia en las letanías lauretanas hasta llegar al Decreto querido por el Papa Francisco quien, en la memoria litúrgica de hace un año, el 10 de junio de 2019, en un tweet más actual que nunca escribía:

“María Madre de la Iglesia ayúdanos a encomendarnos plenamente en Jesús, a creer en su amor, sobre todo en tiempos de tribulación y de cruz, cuando nuestra fe está llamada a madurar”

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