Cuando la santidad pasa de padre (madre) a hijo

Cuando la santidad pasa de padre (madre) a hijo

La familia cristiana es la primera escuela de santidad, un entorno privilegiado para forjar el carácter y la conciencia. Santa Teresa del Niño Jesús quería y admiraba a su familia. Según decía de ellos: “El buen Dios me ha dado un padre y una padre más dignos del cielo que de la tierra”. Como ella, muchos otros santos hijos o santas hijas de padres santos se criaron en un hogar en el que Dios ocupaba siempre el primer lugar, donde se enseñaba a vivir el Evangelio y a rezar diariamente. La Iglesia, al elevarles en los altares del honor, ofrece a los creyentes un ejemplo que seguir y, por su intercesión, una ayuda a la que recurrir.

Y es que todos estos santos padres y madres, no transmitieron únicamente su fe, sino que la enriquecieron con su propia experiencia personal, como algo vivo. Aquí leeréis sobre diez ejemplos significativos que han marcado el cristianismo, empezando por santa Ana y san Joaquín, padres de santa María, Madre de Dios.

La tradición, desde los primeros siglos, llama a los padres de la Virgen María, Joaquín (“Dios concede, construye”) y Ana (“La Gracia, la graciosa”). Son descritos como una pareja discreta, pero muy auténtica, que supo acoger, educar y elevar a María en la gracia tan especial que le pertenecía y que ellos ignoraban. Tras participar nada menos que en el misterio de la Encarnación, todos los abuelos se confían a su protección.

Isabel y su marido Zacarías “eran justos a los ojos de Dios y seguían en forma irreprochable todos los mandamientos y preceptos del Señor”, informa el evangelio de Lucas (1,6). Isabel, estéril y “de edad avanzada”, no lograba concebir hijos con su marido, algo que, en aquella época, era motivo de divorcio. Sin embargo, Zacarías no la repudió y el Señor terminó por responder a sus oraciones dándoles un hijo, san Juan el Bautista, que “será grande a los ojos del Señor. (…) estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre” (Lc 1,15).

Helena se convirtió al cristianismo como su hijo Constantino, quizás antes que él. A ella debemos el haber encontrado muchísimas reliquias vinculadas con la vida de Jesús, incluyendo la más importante, la Vera Cruz de Jesús, y por haber organizado la primera restauración de los lugares santos en Jerusalén. Cuando llegó al trono imperial de Roma, Constantino nunca dejó de colmar de honores a su madre y la hizo llevar a Roma, donde atendía las necesidades de todo tipo de personas y, mezclada entre la multitud, gustaba de visitar piadosamente las iglesias. Las Iglesias de Oriente celebran especialmente a esta pareja de emperador y madre santos.

El emperador, que puso fin a las persecuciones y favoreció a la Iglesia, tuvo varios hijos, entre ellos Constanza, de distinta madre. Tras caer gravemente enferma, meditó ante la tumba de santa Inés. Después de quedarse dormida allí y oírse a sí misma decir durante su sueño “cree en Jesucristo y serás curada”, al despertarse descubrió que estaba curada y entonces se convirtió al cristianismo como su padre.

Frente a un marido violento, el dulzor y el silencio de la joven Mónica bajo los reproches terminaron por convertirle. Con él tuvo tres hijos, pero se dedicó en cuerpo y alma a Agustín, al ver que se desviaba por el mal camino. Cuando Agustín renegó de su fe y huyó a Italia, Mónica partió para reunirse con él y se acercó a la escuela del obispo san Ambrosio, en Milán, sin dejar de rezar para que su hijo volviera al catolicismo. Tras ver cumplida su plegaria, Mónica tuvo la inmensa alegría de asistir a la conversión y el bautismo de su hijo. Tras dejar atrás los reproches, se convirtió entonces en una ayuda para su hijo bienamado e incluso una discípula cuando se afianzó la magnitud intelectual y espiritual del futuro Padre de la Iglesia.

Sus tres hijos se hicieron sacerdotes, el último de los cuales es el mismo san Remigio, el arzobispo de Reims, que bautizó al rey Clodoveo en 496 junto a 3.000 de sus soldados. Un ermitaño que vivía en medio del bosque predijo a Celina, después de una triple advertencia recibida en sueños, que daría a luz a un niño de peculiar mérito: “El Señor se ha dignado mirar a la tierra desde arriba en el cielo, para que todas las naciones del mundo proclamen las maravillas de su poder y para que los reyes lo honren sirviéndole: Celina será la madre de un hijo que se llamará Remigio; yo lo emplearé para la liberación de mi pueblo”. Diez meses más tarde, Remigio vino al mundo.

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