¡VALOREMOS ESTE CUERPO QUE DIOS NOS HA DADO, CUERPO QUE NOS HARÁ FELICES TODA LA ETERNIDAD! MONS. RAÚL GÓMEZ GONZÁLEZ

¡VALOREMOS ESTE CUERPO QUE DIOS NOS HA DADO, CUERPO QUE NOS HARÁ FELICES TODA LA ETERNIDAD! MONS. RAÚL GÓMEZ GONZÁLEZ
¡VALOREMOS ESTE CUERPO QUE DIOS NOS HA DADO, CUERPO QUE NOS HARÁ FELICES TODA LA ETERNIDAD! MONS. RAÚL GÓMEZ GONZÁLEZ

¡VALOREMOS ESTE CUERPO QUE DIOS NOS HA DADO, CUERPO QUE NOS HARÁ FELICES TODA LA ETERNIDAD! MONS. RAÚL GÓMEZ GONZÁLEZ

Celebramos el tercer domingo de resurrección encontramos en el Evangelio de san Lucas, esa incertidumbre que inicialmente tuvieron los apóstoles. No dejan de hacernos saber sobre esto que aconteció en ellos, aun cuando aquellos dos discípulos les estaban diciendo que lo habían visto, que habían estado con Él y Él con ellos, todavía así, cuando se presenta Jesús con ellos, creían ver un fantasma.

Cuando uno no cree que alguien esté presente, y se hace presente realmente así tomando estas notas características de alguien a quien realmente se le duda que pueda estar presente, pues inmediatamente viene ese pensamiento y esa expresión de no se trata de Él mismo. Es alguien distinto o bien un fantasma. Parece ser que está ahí presente, pero no deja de ser una idea, algo que no es verdad, lo que decimos con el término fantasma, y no precisamente por que asuste, sino así, simplemente no se trata de aquel que pudiera tratarse.

Éste fue el caso de los apóstoles, pero los apóstoles tuvieron la grande enseñanza de encontrarse verdaderamente con el maestro, y de hacerle saber desde esa enseñanza, que sabe hacer captar por parte del que está en condiciones de entender, como era el caso de los apóstoles, pues tomo los elementos necesarios para que se convencieran de que se trataba de Él, utilizó método de: Toquen mis manos, toquen mis pies, toquenme soy yo, toquenme. No sólo despierten aquello que pueda ser parte de la imaginación, no sólo que venga el recuerdo, sino, ustedes mismos dense cuenta que soy yo, vean mis manos, vean mis pies. Allí donde se encontraban las señas, de el mismo que había estado crucificado, que se trataba pues del maestro que había sido tomado preso, no de alguien más, no de su doble, sino, de Él mismo.

Un signo más de que era Él, cuando Jesús les dice: denme algo de comer, un fantasma no come, vamos comiendo, vean, queden convencidos: “el mismo que murió es el que ha resucitado y ese soy yo, y con un cuerpo distinto cierto, puesto que es el cuerpo del resucitado. “Jesús el resucitado”. Que trae para nosotros también una reflexión en torno al cuerpo. Jesús no solamente se apareció en su alma, en su Espíritu absoluto, en su ser espiritual, sino también en su cuerpo. Es a lo que estamos invitados para gozar juntamente con Él, de la resurrección también del cuerpo, nos trae el gran beneficio de la salvación de nuestra alma, de nuestro espíritu, pero de lo que somos cada quien en esta unidad, cuerpo y alma integralmente. El cuerpo no es el malo, sabemos.

En algunas etapas de la historia de la humanidad, se ha sentido y se ha entendido que el cuerpo es el malo y que hay que acabar con el cuerpo, porque es el malo, y hay que golpearlo, y hay que acabar con el cuerpo. Algunos filósofos llegaron a decir que el cuerpo era la cárcel del alma, y había que liberar el alma del cuerpo, a como se diera.

Desde Jesús por este cuerpo glorioso resucitado y habiéndonos invitado a vivir esta suerte, esta gracia y este privilegio, es también hacer que nuestro cuerpo se torne glorioso con Él, con Jesús el glorioso, el resucitado. Un pensamiento que es necesarios seguir teniendo muy en cuenta. Es tan valiosa el alma como tan valioso el cuerpo, somos valiosos completamente cada uno lo que somos en esta unidad.

Hagamos que nuestro cuerpo haga las cosas que le corresponden para entrar desde ahora en esta fase preparatoria, para enseguida que goce de la resurrección, y hablamos en el credo, en una confesión de fe que hacemos de que vendrá la resurrección de los muertos; es decir, la resurrección del cuerpo. Para poder gozar de una gloria completa, de una gloria total que abarque todo lo que somos.

Como seria bueno que entendiéramos precisamente esto, ahora que parece ser que al cuerpo hay que hacerle y deshacerle así como venga. Tengamos respeto de nuestro cuerpo y en el de los demás, entendiendo desde la moral cristiana, lo que significa no respetar nuestro cuerpo y no respetar el cuerpo de los demás. Analizar, entender, captar y hacer una evaluación completa como cuando nos acercamos a confesar, también en torno, como valoramos, como utilizamos y como estamos teniendo nuestro cuerpo y el cuerpo de los demás.

Hoy se da una especie de idolatría al cuerpo, se pasa a una categorización que no corresponde, en ese idolatrar al cuerpo, y rendirle culto, por lo que se tenga que alimentar, sólo por el cuerpo, por la belleza corporal, por la musculatura, por la piel, por todo lo que significa cuando hay una idolatría del cuerpo sin mal entender un espíritu de presentación sana de una imagen correspondiente en su justo valor, en su equilibrio, no de forma idolátrica, que se puede exceder.

El cuerpo tiene su propio objetivo unido también a lo espiritual. Es tan bello el cuerpo puesto que ha salido de las manos de Dios, con todo lo que tiene, el cuerpo completo, de sus células, de sus órganos, de todo lo que conforma el cuerpo que es el vehículo para tener contacto con el mundo externo, para poder comunicarnos con los demás, para poder comunicarnos con la naturaleza, para poder identificarnos, con lo que somos: nuestro cuerpo es fundamental. El cuerpo está llamado en Cristo resucitado, también a ser un cuerpo glorioso, y esto es lo que poseemos cada uno de nosotros. Tampoco maltratarlo con los vicios que lo maltratan, la bebida, que tiene efectos.

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